ARTÍCULO DE A. ROCAMORA, POR EL DÍA INTERNACIONAL DEL SUPERVIVIENTE

Día Internacional del Superviviente. Kintsugi. Rocamora

Foto:lifegate.

Kintsugi

Alejandro Rocamora Bonilla

Próximos al Día del Superviviente (se celebra el tercer sábado de noviembre), me viene a la memoria el fenómeno de Kintsugi. El Kintsugi es una técnica de origen japonés para arreglar las fracturas de las piezas de cerámica (platos, jarrones, etc.) con barniz de resina espolvoreado o mezclado con polvo de oro, plata o platino. Es decir, es el arte de reparar lo que se ha roto con un metal precioso que le otorga un valor mayor al que tenía originalmente.

La palabra Kintsugi no tiene una fácil traducción al español, pero vendría a significar algo así como la “unión con oro”, la “reparación con oro” o la “carpintería de oro”. Es un término japonés que también significa arte.

Su enseñanza es que lo destruido o roto (aparentemente sin valor) se puede transformar en algo más hermoso y excelente. Es la belleza de las cicatrices. Pues, cualquier objeto no es sólo apreciado por su apariencia sino por su historia y por el significado que tiene para nosotros.

El superviviente podríamos decir, salvando las distancias, es como un jarrón roto, hecho añicos. Existen dos salidas: o nos quedamos en una continua queja por la muerte del familiar, recordando lo importante que era lo que hemos perdido, o nos ponemos a reconstruir, con pena y sufrimiento, el jarrón de nuestra existencia.

De alguna manera, nos podemos imaginar que el Kintsugi puede ilustrar el proceso psicológico por el que pasan todos los supervivientes: se rompen tras la muerte por suicidio del ser querido, pero se reconstruyen con sufrimiento y angustia, para seguir viviendo y sirviendo a los demás. ¿Cómo es este proceso? Veámoslo.

En primer lugar, siempre que queremos arreglar algo que se ha roto es porque damos valor a ese objeto (un valor crematístico o un valor emocional, o un valor instrumental), pues de lo contrario lo tiraríamos a la basura. Es decir, si tras la muerte por suicidio de un familiar, me preocupo por estar bien, esto significa que parto de una valoración positiva de mí mismo. No es egoísmo, ni olvido del ser querido, sino todo lo contrario: es una forma de significar y hacer presente al difunto y reconocer todo lo bueno que nos aportó en vida.

Por otra parte, ante el hecho de la ruptura del jarrón, la gran pregunta no es, ¿por qué se ha roto? Se ha caído, un tropiezo, etc., sino que la gran pregunta es ¿cómo puedo arreglarlo? De la misma manera, el superviviente no debe encasquillarse en los porqués del suicidio, sino con una mirada prospectiva contemplar el futuro: ¿qué puedo hacer? Son dos visiones diferentes de la misma realidad: una, se queda clavada en el pasado (¿por qué?) y la otra, mirando al futuro, intenta reparar su vida. Es cierto, que nada seguirá igual, pero es necesario reconstruir la propia existencia y la de la familia.

Este proceso de reconstrucción tiene dos aspectos: no se hace de golpe y hay que intentar limar las piezas para que todas encajen perfectamente. Lo mismo ocurre en el duelo por suicidio de un familiar: debemos tener paciencia. Se necesita tiempo. No es que el tiempo todo lo cure, pero lo que sí es cierto es que el tiempo posibilita la recuperación. Este factor temporal es muy subjetivo y por esto, habrá que admitir que unas personas avancen más que otras.

También, en este proceso de reconstrucción, habrá que modificar algunas actitudes para que la dinámica familiar funcione de forma correcta. Esto se hace no exento de sufrimiento, pues habrá que renunciar a algunos proyectos, deseos, etc. por el bien común del grupo familiar.

El resultado del Kintsugi es un plato o jarrón más bello y de más valor (tiene polvo de oro, plata o platino) pero también son visibles las líneas de la ruptura. En nuestra existencia, tras el suicidio de un ser querido, la vida tiene otro color, otros valores, y posiblemente nos hagamos más solidarios, más compresivos y más respetuosos con los otros. Y aunque las cicatrices de nuestra pérdida persistan siempre podremos mirar hacia adelante y proclamar con serenidad y paz, no exento de sufrimiento: mi ser querido ha muerto por suicidio. Será una forma de recorrer el camino del duelo sin atajos; será el inicio del camino que nos lleve a reconstruir nuestro jarrón (vida).