CÓMO PREVENIR EL TRASTORNO POR DUELO PROLONGADO. (ALEJANDRO ROCAMORA BONILLA. DICIEMBRE 2023)

Cómo prevenir el trastorno por duelo prolongado

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Cómo prevenir el trastorno por duelo prolongado

Alejandro Rocamora Bonilla

            En el anterior artículo (ver noviembre 2023) he descrito el trastorno por duelo prolongado que refieren la nuevas clasificicaciones psiquiatricas (CIE-11, 2018 y DSM-5 TR, 2022), en estas páginas reflexionaré sobre qué hacer para prevenir ese tipo de trastorno.

Son varias las medidas sanadoras que podemos implementar para intentar prevenir la complicación de un duelo. Unas, son las referidas a las medidas en general, que constituye la prevención primaria señalada por la OMS; las otras medidas se refieren a las actitudes sanadores una vez que se produce  la muerte del familiar.    

Medidas generales preventivas

Señalo las que considero más significativas:

1). Educar sobre la muerte

            El miedo a la muerte es una constante en la existencia humana. Es curioso constatar que la única certeza que tenemos los seres humanos es que vamos a morir y sin embargo, sólo ese pensamiento nos produce pavor. Un cierto nivel de miedo nos puede ayudar a vivir, pues entre otras cosas, nos posibilita evitar las conductac de alto riesgo de muerte. No obstante, ese miedo es patológico cuando produce alto niveles de ansiedad, tristeza o conductas disruptivas; o bien, ese “miedo a morir” se instaura en el centro de nuestra realidad y se vive tan intensamente que  incluso puede llegara a paraliza la existencia.

            La muerte es un tabú en educación. Efectivamente las aulas están llenas de vida y de proyectos y los alumnos son una “promesa de futuro”, lo que se olvida es que también tendrán su final. Quizás hemos superado el no hablar del sexo, incluso actualmente se habla más de la locura y de Salud Mental, pero todavía estamos anclados en el tabú de la muerte. Este persiste, entre otras razones,  pues la muerte siempre está ligada al sufrimiento y a la angustia.

            Recuerdo un bello texto de Cabodevilla (1969) que dice así:

La muerte no solamente limita la vida, sino que la abarca; no sólo la escolta sino que la impregna; no sólo la interrumpe, sino que la consuma; no sólo la amenaza, sino que la da sentido.

Por todo ello, la pedagogía sobre la muerte debe estar presente en la escuela de

dos formas: a) de manera preventiva y b) cuando surja una muerte en la comunidad educativa (De la Herrán y Cortina, 2008)

 

            En el primer caso es indudable que hay que tener en cuenta la edad del alumno, pero de alguna manera hay que transmitile que la muerte es universal, es irreversible, se produce por una alteración somática y toda muerte tiene una o varias causas. Además, deberíamos trabajar con los alumnos la vivencia de muerte como parte de la vida. Nos podemos apoyar en textos como el cuento de Bambi, o el de ¿Dónde está el abuelo? de Mar Cortina (2012), o incluso puede servir Platero y yo de Juan Ramón Jiménez.

 

            Por otra parte, cuando surje la muerte de un compañero, profesor o algún familiar próximo o una catástrofe con varios fallecidos, habría que aprovechar esas situaciones para plantear el tema de la muerte. Sin olvidar, en el caso del padre, madre, hermano/a, amigo/a que posiblemente haya que dar una respuesta sana a estas tres preguntas que el alumno se puede hacer: ¿causé yo la muerte?, ¿me pasará esto a mí? y ¿quién me va a cuidar?

 

            En todo caso deberíamos ser capaces de transmitir este mensaje: el ser humano es finito y por lo tanto un día u otro moriremos. Mas esto no debe provocar angustia sino responsabilidad en vivir cada instante de nuestra vida de forma plena. Y habría que insistir en dos realidades:la muerte es un hecho natural y forma parte de la vida.

 

2). La importancia de la elaboración de los propios duelos

 

             Freud (1915), en "Consideraciones actuales sobre la guerra y la muerte", señala que "la única manera de hablar de la muerte es negándola", aunque al final de ese mismo trabajo concluye: " si quieres soportar la vida, prepárate para la muerte ".      Todo ser vivo, por su misma esencia, no puede concebir su muerte, su destrucción. En definitiva, nadie cree en su propia muerte, ya que en el fondo todos estamos convencidos de nuestra inmortalidad. Por esto, por mucho que intentemos representarnos nuestra propia muerte, siempre estaremos convencidos de que nuestra vida es un fin en sí misma.

          Eso sí, podemos decir que "la muerte está en todo momento ausente de mi vida y presente en mi conocimiento" (Abadi,1973). De alguna manera, y pese a nuestra negación intrínseca, la realidad de la muerte está empapando y dando colorido y sabor a todos nuestros actos. Es una "presencia ausente" que tiñe todas nuestras acciones de un cierto sentido de finitud y, al mismo tiempo, nos permite seguir fantaseando sobre nuestra omnipotencia e inmortalidad.

                                        Desde que el hombre existe, las actitudes ante la muerte han ido modificándose y adaptándose a la realidad histórica del momento. Pero, tanto el hombre primitivo como en el momento actual, siempre existe una actitud de ambivalencia, de deseo y de rechazo, de amor y de odio, hacia la muerte; no obstante, mientras el hombre primitivo encontró una salida en su animismo, el hombre actual esa ambivalencia le lleva a la culpa y consiguientemente a la neurosis (Freud, 1915).

            Las actitudes ante la muerte están en función de numerosos factores. Entre ellos, cabe señalar la situación sociocultural y la edad de los individuos, además de la propia estructura de personalidad del sujeto. Pero todos los seres humanos coincidimos en una doble visión de la muerte: 1) que sobreviene siempre demasiado pronto y 2) que morir es sufrir.

            La vivencia de muerte, pues, pese al mecanismo de negación, es el vector que conduce nuestra vida. Pero, esa negación puede tener diversos ropajes: desde la preocupación, la ansiedad y el temor, que son las más comunes, hasta una hiperactividad (culto al trabajo), el narcisismo (culto a sí mismo) o la confianza ciega en la ciencia para evitar la muerte (culto a la técnica-médica). 

            El hombre actual, en su afán n por aferrarse a esta vida, sacraliza el tener (en terminología de Fromm) sobre el ser. De aquí surge la hiperactividad, la hiperproducción o el” trabajo maníaco" (Yalom, 1984) como una forma de defensa de la cruda realidad de nuestra finitud. A través de poseer muchas cosas (riqueza, poder, etc.) es como el hombre contemporáneo intenta negar su caminar hacia la nada.

          En otras ocasiones, es el repliegue sobre sí mismo lo que hace pensar al sujeto en su inmortalidad; es un amor desmesurado hacia uno mismo que puede tener dos manifestaciones psicopatológicas: el temor fóbico hipocondríaco o la negación de cualquier señal de enfermedad. El cuerpo se convierte en lo más importante de la vida del individuo y sobre él giran todas las demás vivencias. El cuerpo es el punto de mira de toda la actividad de la persona. El individuo se siente único, irrepetible.  

            La otra actitud es el contrapunto de ésta: es una huida hacia adelante, olvidando las más elementales medidas higiénico-sanitarias para prevenir la enfermedad, o minimizando las conductas de "alto riesgo" (alcoholismo, tabaquismo, etc.).

            Una tercera salida ante la muerte es la "creencia en un salvador”, que se puede concretizar en el envestimiento mágico que se hace de la técnica- médica y de los hospitales. Es curioso constatar, a este respecto, como hoy día se da más valor a los instrumentos de diagnóstico y tratamiento que a la propia acción personal del médico. Los "medios técnicos" han suplantado al "ojo clínico" y a la relación personal con el profesional de la salud.

              En otras ocasiones, la persona intentará refugiarse en sus creencias religiosas, éticas o filosóficas para neutralizar su angustia ante la muerte. Su alianza con un "Dios" o una idea superior le puede servir como sostén en sus últimos años de existencia.

               Estas tres actitudes ante la propia muerte (maníaca, narcisista y la creencia en un salvador) tienen su correspondencia ante la “pérdida” de un familiar. El “duelo maníaco” se caracteriza por una hiperactividad del superviviente (son frecuentes las reformas de los domicilios, la multiplicación de las actividades o viajes, etc.) en un deseo inconsciente de no caer en la depresión o en la desesperación; el “duelo narcisista” se produce cuando la persona se repliega sobre sí mismo en un intento también por mitigar el dolor de la muerte del familiar: se multiplican las consultas a médicos por una preocupación exagerada por la propia salud, y por último, “el duelo con la creencia en un salvador” se refugia en la religión o en el destino como forma de huida ante el gran sufrimiento que produce la pérdida. Ninguna de estas tres actitudes es sana.

 3). Pedagogía sobre el sufrimiento

El sufrimiento es característico del ser humano. El ser humano es vulnerable, finito e imperfecto.  Pero también es cierto que uno de los objetivos de toda vida humana es no sufrir. Los avances de la tecnología y de la ciencia en general han contribuido a disminuir el sufrimiento, pero también es verdad que cada día somos más sensibles a nuestra condición de vulnerables. Por esto hemos llegado a psicologizar tanto la vida que es preciso consultar por situaciones “tan humanas” como la ruptura sentimental, la muerte de un ser querido o el diagnóstico mortal.

Además, el sufrimiento es contrapuesto al de bienestar. Si sufrimos no podemos ser felices. Si sufrimos no podemos “estar bien”.

Los valores sociales en alza de nuestro mundo han equiparado felicidad a la ausencia de dolor, ausencia de problemas, ausencia de ansiedad, a la vez que a la presencia de ciertos niveles económicos y signos estéticos (Wilson y Luciano Soriano, 2017).

Por esto.  la meta de la persona del siglo XXI es “amor, dinero y salud”. Es cierto que el amor es imprescindible para conseguir nuestra felicidad, pero se olvida que uno puede ser feliz a pesar de no tener dinero ni salud. Nuestro objetivo en esta vida no es, pues, conseguir no tener ningún “problema” (económico, de salud, existencial, etc.) sino tener los recursos psicológicos para afrontarlos. V. Frankl nos diría encontrar el sentido en la adversidad.

Si alguien nos dijera “estoy mal, pero me siento bien” le miraríamos con cara de extrañeza y de incomprensión, pues nos parecería contradictorio o que nos estaba engañando, pero sin embargo es posible que esta situación se pueda producir. Y esto es así, porque el sufrimiento no nos quita la felicidad sino la forma que tenemos de afrontarlo.

4). La importancia del nosotros

Durante nuestra vida adulta cuando surge el conflicto y la crisis (existencial, psicológica o incluso económica) también “los otros” son los que pueden apuntalar nuestro maltrecho edificio psíquico. Por este motivo, cuando tenemos una preocupación corremos a compartirla con un amigo, padre o madre, para que la desesperanza y la depresión no aparezcan. La vivencia del “nosotros”, pues, es el talismán que nos puede evitar caer en la autodestrucción. Una familia sana y funcional, una escuela preocupada por los alumnos no por las notas o una empresa donde lo que prima son los intereses de los trabajadores, no la cuenta de resultados, son la mejor vacuna contra el sufrimiento.

Es evidente que cuanta mayor armonía se consiga entre nuestro mundo interno (deseos, capacidades posibilidades y límites) y el mundo externo (sentir al otro como un compañero de viaje no como un competidor, dejarse querer, etc.) menor será la posibilidad de que aparezca la infelicidad

 

Medidas después de la muerte

Otra de las preguntas que pueden surgir respecto a la medida sanadora es esta: ¿qué nos puede ayudar a elaborar sanamente el duelo una vez que se ha producido la muerte del ser querido? Considero que tres son las acciones que pueden realizar los familiares para facilitar la elaboración sana del duelo: reforzar el vínculo, respetar los tiempos del proceso de duelo de cada doliente y posibilitar la expresión de los sentimientos.

 1). Reforzar el vínculo

 Como he dicho en otro lugar (Rocamora, 2022) la vivencia de adversidad tiene una dimensión vincular. Es un hecho colectivo que se manifiesta de diferentes maneras en cada uno de los miembros del sistema familiar. Es como lanzar una piedra en las aguas tranquilas de un lago, que sus ondas expansivas afectan a toda la superficie. De la misma manera no es que el acontecimiento traumático afecte a cada individuo de forma diferente, sino que más bien, afecta al conjunto y totalidad del sistema familiar, como esa piedra lanzada al lago, pero cada sujeto lo vive de forma subjetiva y particular. Por otra parte, podemos afirmar que la familia no es solamente la fuente de problemas, sino también y, sobre todo, plataforma de recursos para solucionarlos. Es como un catalizador en una reacción química, que puede acelerar o retardar el proceso

Delage (2010) ante un trauma familiar, concluye: En efecto cada individuo está afectado tanto por su propio sufrimiento como por los demás. En tales condiciones, se hace difícil empatizar; o bien, el sufrimiento de los otros nos invade de tal manera que nos cuesta reconocer el propio, o bien, estamos tan ocupados de nuestro propio dolor que tenemos dificultades para reconocer el de los demás.

Ante la adversidad una cosa es innegable: el reconocimiento del sufrimiento por los otros (familia, sociedad, etc.) es un buen punto de apoyo para elaborar la pérdida. En este sentido, para el doliente es preciso que la sociedad (amigos, compañeros, vecinos, etc.) sepan transmitir comprensión y empatía respecto a la pérdida por suicidio. Por todo ello, es preciso reforzar vínculo familiar para facilitar la elaboración sana del duelo.

 

2). Posibilitar la expresión de los sentimientos

De aquí se deduce que, aunque el intercambio de emociones en el trauma (la verbalización de esas emociones) es sano, neutraliza la angustia y cohesiona al grupo, pero puede influir negativamente en el sistema familiar dependiendo del núcleo previo. Así, en familias disfuncionales el acontecimiento traumático se puede utilizar como arma arrojadiza hacia los otros, en forma de reproches o descalificaciones.

Es cierto, que la verbalización de las emociones ante una adversidad ayuda a superarla, tiene un efecto catártico, pero realmente lo que sana es el compartir, cuando tenemos un interlocutor válido que nos escucha y acoge. La clave está en el compartir, que incluye la respuesta del otro. Aquí se pone el énfasis, no en el “hablar por hablar” sino en la posibilidad de compartir y sentirse acogido y valorado. También el supuesto contrario es cierto: cuando ante la adversidad encontramos un espacio hostil se puede agravar la sintomatología del doliente.

 

3). Importancia de los rituales

            Según Rodil (2013, p. 115) “el rito es una acción simbólica que, o bien marca una transición entre un estado u otro, entre un momento de la vida y el siguiente, o bien marca con su significado algún momento del presente”. El ritual del duelo está constituido por palabras o hechos que nos ayudan a decir a dios al difunto y compartir el dolor por la pérdida: reunión familiar, una celebración religiosa, etc. El ritual ayuda tanto a los más próximos (padre/madre, hijo/a, etc. del difunto), pero también al resto de la familia y a los amigos y compañeros, para ir asumiendo la pérdida y a retomar la vida con una nueva mirada, no mejor ni peor, pero si distinta.

 

4). Respetar los tiempos del proceso de duelo de cada doliente      

Al inicio de este texto he dicho que el duelo es una vivencia compleja y personal y por lo tanto cada doliente va hacer “su recorrido” de elaboración del duelo de forma específica. Unos permanecerán más tiempo en la “posición de negación”, otros en la “posición depresiva” y otros estarán en la “posición de echar la culpa a todo el mundo”. Es imprescindible que los miembros familiares se respeten mutuamente y acepten el proceso de duelo particular de cada uno.

Como ideal, podemos afirmar que, siguiendo los criterios de Grotberg (2006) una familia resiliente tendrá las siguientes características:

• La familia resiliente es capaz de expresar enojo, culpa, rabia, etc. a través de la palabra, pero sin llegar a la acción. Es decir, en un momento dado puede comunicar su malestar y angustia por el suicidio del familiar, pero esto no bloquea sus responsabilidades con el resto de la familia, sino más bien es una forma de manifestar sus limitaciones y la necesidad de recibir ayuda.

• En la familia resiliente todos colaboran, dependiendo de sus posibilidades, en la superación de la pérdida. Este no es patrimonio exclusivo de la madre, la esposa o la hermana, como ocurre cuando la mujer se convierte en el soporte principal y, en muchas ocasiones, el único de la familia.

• La familia resiliente está en una continua búsqueda de solución a la situación traumática, pero también son capaces de aceptar la dura realidad de la pérdida del ser querido. 

  • La familia resiliente es capaz de descubrir la “parte positiva” de la vivencia traumática (fortalecimiento de los vínculos familiares, descubrir la capacidad de entrega de algún hermano, redescubrir los valores de la solidaridad y el respeto por el otro, etc.) y construir a partir de esa experiencia una vida más plena, dando valor a lo que realmente lo tiene: el afecto de los más próximos.

 

  • • La familia resiliente no se esconde en su sufrimiento, sino que dentro de sus posibilidades, está abierta a otras relaciones y a beneficiarse de la ayuda de los parientes y amigos.

 

  • • La familia resiliente favorecerá un clima acogedor y, al mismo tiempo, liberador de las posibles tensiones y conflictos entre sus miembros.

 

 

Referencia bibliográficas

Abadi, M; Garma, A.; Garma, E.; Gazzano, AJ. A. ; Rolla, E, H. y  Yampeya, N. (1973).   La fascinación de la muerte. Editorial Paidós.

Cabodevilla, J. M. (1969). Treinta y dos de diciembre. Ed. BAC

 

CIE 11 (2018). Trastornos mentales y del comportamiento. Editorial  Meditor

Cortina, M. ( 2012) ¿Dónde está el abuelo? https://cuentacuentosparaeducar.blogspot.com/2012/06/donde-esta-el-abuelo.html

 

De la Herrán, A. y Cortina, M. “La educación para la muerte como ámbito formativo: más allá del duelo” en Psicooncología, vol. 5, núm. 2-3, 2008, pp. 409-424

 

Delage, M. (2010). La resiliencia familiar. El nicho familiar y la superación de las heridas. Ed. Gedisa.

 

DSM-5 TR (2022). Manual diagnóstico y estadístico de los trastornos mentales. Editorial Masson

 Freud, S., (1915). Consideraciones de actualidad sobre la guerra y la muerte, en Obras completas, tomo II, ed. Biblioteca Nueva, 1973, 2101-2117

Grotberg, E. (2006). La resiliencia en el mundo de hoy. Cómo superar las adversidades. Ed. Gedisa.

 

Rodil, V. (2013). Los ritos y el duelo. Vivir tras la pérdida. Ed. Salterrae

 

Rocamora, A. (Dir.) (2022). Un camino sin atajos. Duelo por el suicidio de un ser querido. Ed. Desclée De Brouwer

 

Yalom, I.D. (2008). Mirar al sol. La superación del miedo a la muerte. Editorial digital: German 25

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