DATOS SOBRE EL SUICIDIO PARA PENSAR, SENTIR Y ACTUAR, por Alejandro Rocamora

Alejandro Rocamora, artículo diciembre

Datos sobre el suicidio para pensar, sentir y actuar

Alejandro Rocamora Bonilla

         El pasado mes de noviembre el INE (Instituto Nacional de Estadística) ha publicado las Defunciones según la causa de muerte en el año 2020. En el apartado del suicidio existen algunos datos que me han llamado mucho la atención. Entre ellos señalo los siguientes:

  • Las muertes por suicidio aumentaron un7,4% más que en 2019(total 3.941).
  • 11 personas se suicidan cada día en España.
  • El número de suicidios es el triple que por muertes por accidentes de tráfico; 14 veces más que los homicidios y 85 veces más que por violencia de género.
  • Tres de cada cuatro suicidios son varones (2.930 hombres y 1011 mujeres).
  • El suicidio es la primera causa absoluta de muerte entre varones de 15 a 29 años, y la segunda, después de los tumores, en mujeres de esa edad.
  • El suicidio en mayores de 79 años ha aumentado en un 20% respecto a 2019.
  • Es la primera vez que en España se producen 14 suicidios de menores de 15 años (7 niños y 7 niñas).

 

Son cifras y números fríos que están cargados de mucho sufrimiento: angustia, tristeza, culpa, temor, vacío existencial, y un largo etcétera. Todos estos datos tienen nombres y apellidos, una historia vivida, una familia rota, y como fondo resuena un grito potente: ¡no puedo más! Y me pregunto: ¿por qué una persona decide suicidarse, ¿qué ocurre en nuestra sociedad desarrollada y del primer mundo para que algunas personas solamente vean, como “puerta de salida” a su conflicto, el suicidio?

Preguntas que no tienen una respuesta simplista y reduccionista. La vivencia suicida es compleja y multidimensional y además es personal e intransferible. No obstante, podemos reflexionar sobre el marco general donde es más proclive este tipo de conductas. Aunque siempre debemos tener presente que el único y último responsable del suicidio es el que toma esa decisión.

Siguiendo los fundamentos de la teoría de la Logoterapia podemos afirmar que la conducta suicida, en la mayoría de los casos, es consecuencia del “vacío existencial”., que con palabras de V. Frankl se puede definir como “un sentimiento de falta de sentido de la propia existencia”. La persona ante la adversidad (ruptura de pareja, diagnóstico mortal, paro prolongado, muerte de un ser querido, COVID, etc.) se siente como en un “callejón sin salida”, donde solo contempla la única alternativa de la muerte. Puede padecer o no, una patología psiquiátrica, pero en el fondo lo que ocurre es que le falta una motivación profunda para seguir viviendo.

La persona que se encuentra en esa encrucijada puede estar cegada por el sufrimiento y de esta forma llega al suicidio. Pero, también es posible otra salida: “atarse los machos del dolor”, “apretar los dientes” y después de un camino doloroso y largo, cambiar la pegunta ¿por qué me ocurre esto?, por un ¿para qué la vida me presenta esta desgracia, esta enfermedad, esta ruptura sentimental, esta muerte…? Y aquí cada persona debe encontrar lo que la vida le quiere enseñar: ser más solidario, dar ejemplo a tus hijos, aceptar la dura realidad, etc. En definitiva, es preguntarse no tanto por el problema y encasquillarse en la adversidad, sino poner las luces largas de nuestra existencia y mirar más lejos y con otra perspectiva. Es un camino largo y doloroso, pero al final se puede lograr la meta: la sanación a pesar de la adversidad, y esto se consigue encontrado el sentido en la vida.

Encontrar el sentido 

V. Frankl psiquiatra, neurólogo y filósofo vienés (1905-1997), que estuvo prisionero en varios campos de concentración nazis, desarrolló su teoría de la logoterapia: la persona es libre y responsable y su esencia es la “voluntad de sentido”.  En 1945  escribió El hombre en busca de sentido” donde describe con crudeza, pero también con esperanza, su vida como prisionero de un campo de concentración. Entre sus ideas principales refiere que toda persona, en cualquier situación de la vida, aunque sea muy angustiosa y destructiva, siempre puede encontrar el sentido a esa circunstancia. El mismo en su experiencia en los campos de concentración afirma que soportó esos días pues siempre encontró un sentido y no se lanzó a las alambradas electrificadas del campo, pues, entre otras cosas, debía escribir un libro con las atrocidades que estaba sufriendo para que la humanidad lo supiera. En ese momento ese fue el sentido de su vida.

Eso sí V. Frankl tiene muy claro que el sentido es personal y por tanto cada sujeto debe encontrarlo: no puede ni darse, ni inventarse, sino que debe descubrirse. Por esto en cualquier situación toda persona puede encontrar el sentido a su padecimiento incluso en la “triada trágica”: sufrimiento, culpa y muerte.

La voluntad de sentido es como la fuerza que dirige desde el futuro (lo que puede ser) al ser humano en el presente, y no como “una carga energética” que pretende llegar a la homeostasis, sino como un “deber ser”. Dos son las condiciones para lograrlo: la responsabilidad y la libertad.

V. Frankl plantea que no debemos preguntarnos sobre el sentido de la vida en general, sino sobre el sentido de mi vida en esta situación, de la misma manera – afirma- que no podemos preguntar a un ajedrecista cuál es la mejor jugada, pues dependerá de varias variables.

Como síntesis podemos afirmar que la voluntad de sentido es una necesidad existencial, propia y exclusiva de cada persona. Además, el sentido de/en la vida se puede considerar desde dos perspectivas: dimensión trasversal y dimensión longitudinal. La primera, hace referencia a que en cada momento de nuestras vidas debemos encontrar el sentido a ese instante. Y la dimensión longitudinal se explica porque en cada momento de nuestra biografía debemos encontrar el sentido de esa situación o acción (ir descubriendo el dibujo de una alfombra al tiempo que ésta se va desplegando).

“Encontrar el sentido” de una situación (muerte, enfermedad, soledad, etc.) supone aportar algo nuevo a esa vivencia. Es como redefinir el acontecimiento. En nuestro caso, es como descubrir la luz en la misma oscuridad de la adversidad. El sentido está en la oscuridad (adversidad) pero debemos encontrarlo. Por esto es muy importante que no intentemos dar sentido a nuestra vida, sino encontrar el sentido a nuestra existencia.

 

¿Qué podemos hacer?

 

Por otra parte, al leer las estadísticas del INE, con las que comenzaba este artículo, nos podemos preguntar: ¿qué podemos hacer para reducir esas cifras?  A nivel estatal está claro: es necesario y urgente la implementación de un Plan Nacional de Prevención del suicidio con una adecuada dotación económica. Y a nivel individual y familiar, ¿qué podemos hacer? La respuesta es evidente: educar en valores.

Educar en valores

En este contexto cobra gran importancia la educación. La educación es un proceso personal de construcción del propio yo, que implica libertad y responsabilidad. En este proceso no podemos negar los condicionantes, pero V. Frankl señala que la persona siempre es libre para elegir y tomar sus decisiones.

Para V. Frankl educar en valores es “afinar la conciencia” para que la persona pueda descubrir un sentido en su vida, sobre todo en los momentos de adversidad: muerte, sufrimiento y culpa. Esto se podrá conseguir si partimos de una antropología que defienda que el niño no está determinado, sino que tiene capacidad para desarrollar todas sus posibilidades y minimizar sus limitaciones. Por esto habrá que posibilitar que el niño descubra todas sus potencialidades a través de un diálogo franco y confiando en él. Se impone pues una educación personalizada.

Otro aspecto clave en la antropología de V. Frankl es el concepto de autotrascendencia. Es decir, toda persona se orienta hacia algo o hacia alguien. Necesita al otro para seguir viviendo. De aquí la importancia de educar en el respeto hacia el otro, incluso el diferente.

         El objetivo de la educación, pues, es educar en la libertad, para la responsabilidad y el sentido de la vida.

         Desde esta perspectiva educacional, la logoterapia es una práctica que se concreta en un deber: ayudar al otro a encontrar el sentido, su sentido de su existencia. Eso sí, el educador no puede imponer su sentido al educando, sino que éste está obligado a descubrirlo.

         Pero esta “práctica de sentido” se debe vivir. El educador (padres y profesores, principalmente) con su vida y conducta debería enseñar al educando el arte de vivir, dando respuesta sana a los interrogantes de la existencia. El educador deberá ir posibilitando que el niño aprenda a enfrentarse con las adversidades cotidianas (discusión con un compañero, suspenso en alguna asignatura, etc.) para cuando llegue “la gran adversidad” (ruptura sentimental, enfermedad, muerte, paro, etc.) en la adultez sepa responder con responsabilidad desde la libertad.

         La educación se debe entender como una formación integral: hacer, sentir, pensar y actuar, considerando al educando único, relacional, libre y responsable.

            La educación debería preocuparse no sólo con facilitar conocimientos, sino favorecer actitudes que posibilite al individuo un bienestar integral. De esta forma, educaremos en valores.

V. Frankl señala tres tipos de valores: valores creativos: entendidos como la capacidad que tiene la persona de DAR: acción laboral, proporcionar una ayuda, ofrecer un consejo, realizar una acción beneficiosa para los demás, etc. Valores vivenciales: toda persona tiene la capacidad para RECIBIR la belleza del campo, el cariño de los otros, percibir la ternura de un niño, etc. Es decir, recibir de lo que le rodea y la capacidad de vinculación. Por último, los valores actitudinales, se basan en la capacidad de ejercer mi libertad, sabiendo que no soy libre para elegir lo que me ocurre, pero si soy libre para decidir cómo vivir, eso que me ocurre.

Pensar, sentir y actuar

         Al finalizar estas líneas me siguen martilleando las cifras del INE sobre los suicidios en 2020, con toda su carga de sufrimiento que eso supone, y sigo pensando en buscar una explicación a tanta tragedia, pero quizás lo más importante sea que nos pongamos manos a la obra y comencemos a construir una sociedad más solidaria y más acogedora. Sería una forma no solamente de fijarnos en el ¿por qué de la conducta suicida?, sino en el ¿para qué? Todo un reto para las personas, las familias y la propia sociedad.