DOCE CUESTIONES SOBRE EL DUELO

DOCE CUESTIONES SOBRE EL DUELO

DOCE CUESTIONES SOBRE EL DUELO

Alejandro Rocamora Bonilla

 

1.- Una pregunta recurrente: ¿el duelo se cura? La respuesta es clara y diáfana: no. Y esto es así porque el duelo no es una enfermedad y por lo tanto no podemos esperar que se pueda superar como una neumonía o una gastritis. En el proceso de elaboración del duelo lo que conseguimos es un “adaptación creativa” a la nueva situación. Es decir, de la misma manera que una herida es preciso que cure y por tanto desaparezca el dolor, pero puede persistir la cicatriz, así también ante el duelo podemos reorganizar nuestras vidas, pero el vacío (la cicatriz) de la pérdida persiste.

 2.-En la vivencia de duelo podemos distinguir dos momentos en todo el proceso: uno, es preciso que el doliente sea capaz de decir ADIOS a la persona querida, con lo que esto supone de desgarro, sentimientos encontrados, confusión, tristeza, etc. y otro momento es la capacidad de decir HOLA a su nueva situación: la soledad, el vacío, el reformular y resignificar las actividades cotidianas, etc. Lo decía una persona que había perdido a su marido después de cuarenta años de convivencia con su “más y sus menos”, “ahora lo que más me angustia es llegar a casa y saber que él no me está esperando”.

Lo que también es cierto es que ese ADIOS nunca es total y absoluto pues de alguna manera quedamos vinculados con la persona que ha fallecido. El vínculo se transforma, pero no se destruye totalmente; y el HOLA tampoco es total sino una continuidad de lo que hemos sido antes de la pérdida, aunque posiblemente contemplada con otra mirada.

3.- La elaboración del duelo no es una línea recta ascendente, es decir, mas bien es una línea quebrada, que progresa en zigzag. Es decir, el proceso dinámico del duelo tiene – como decía un doliente- “sus días buenos y sus días malos”. Afortunadamente no somos robots que caminan siempre en la misma dirección sino también las experiencias presentes (un aniversario, el escuchar la música que le gustaba, etc.) nos pueden avanzar o retroceder en eso que he llamado “la adaptación creativa” en el duelo.

4.-Es un error pensar que el tiempo lo cura todo. Lo que cura realmente es el esfuerzo personal que ponemos para ir aceptando la pérdida. El tiempo, pues, por sí mismo no cura (muchas personas llevan años y años instalados en su sufrimiento por la pérdida, lo que llamamos duelo crónico), lo que hace es que posibilita que el doliente pueda asimilar la pérdida, pero para ello es necesario un trabajo personal psicológico.

            Además, debemos recordar que el duelo es una vivencia personal e intransferible y por tanto no hay dos duelos iguales, como no existen dos personas iguales. De aquí que el tiempo de elaboración también es propio: unos pueden tardar nueve meses (el tiempo que tardamos en nacer), pero otros seis y algunos dos o tres años.

5.- La culpa es uno de los fantasmas que con más frecuencia invade el sentimiento del doliente. “si yo hubiera hecho esto o aquello”, “si no le hubiera dejado ir en coche”, “si hubiera llamado antes al médico”, etc. etc. “A toro pasado” es fácil comprobar que otra opción hubiera sido mejor. Pero no somos omnipotentes ni videntes o magos: no sabíamos que la muerte si iba a producir si permitíamos esa u otra acción. Está claro que cada uno de nosotros en el momento que se produce el acontecimiento (malos tratos, el agravamiento de los síntomas, etc.) tomamos la decisión que en ese momento consideramos la más adecuada, aunque posteriormente se compruebe que era errónea.

6.- La buena elaboración del duelo depende de muchos factores: vínculo con el fallecido (ambivalente, dependiente, sano, etc.); la forma de muerte (esperada o inesperada, ha sido un proceso largo o repentino); el doliente se ha sentido arropado o no por los suyos (la importancia del “nosotros”) su propia personalidad, etc. Pero sobre todo existe un factor muy influyente: cómo el doliente ha sido capaz de superar los anteriores duelos: muertes anteriores, pérdidas de trabajo, rupturas sentimentales, etc. Aquí radica la base para facilitar la elaboración del duelo actual. El vínculo pues es un buen predictor en la elaboración del duelo. Una experta en el tratamiento del duelo afirma que “dime como era tu vínculo y te diré como será tu duelo”.

7.- A veces en este proceso de duelo algunas personas se “protegen” diciendo que, dado que su infancia fue un infierno, o que su matrimonio fue un sufrimiento continuo, concluyen que no pueden disfrutar de la vida. En el trasfondo de este pensamiento existe un error muy difundido: estamos determinados por la infancia y por las experiencias pasadas. Pero esto es falso. Es cierto que nuestra infancia nos puede influir en cómo somos de adultos, pero no nos determina. Siempre somos libres para optar por otro camino. Señalamos solamente un dato: es cierto que la mayoría de los maltratadores han sido maltratados en su infancia, pero también es cierto que existen miles y miles de hombres que han sido maltratados en su infancia y no son maltratadores. Todo dependerá de la forma que la persona ha sido capaz de elaborar esa situación traumática.

            Existe un dicho en la psicología humanista que puede sintetizar este pensamiento: “el problema no es el problema sino cómo hemos resuelto el problema”. 

            Aquí quiero recordar un pensamiento de un médico argentino, seguidor de la teoría de Victor Frankl: “somos hijos de nuestro pasado, no esclavos; pero padres de nuestro futuro” (Acevedo).

8.- En el proceso del duelo podemos distinguir varias posiciones del doliente: en un primer momento confusión y negación, en un segundo momento rebeldía y echar la culpa al médico, al destino o a Dios y también se puede situar en un sentimiento de tristeza que invade toda la existencia, hasta llegar a lo que hemos llamado “la adaptación creativa”: aceptar la pérdida y resignificar la propia vida. El problema no es que el doliente se encuentre en alguno de los primeros momentos señalados (confusión y negación, los malos son los otros y una situación depresiva) sino cuando se queda encasquillado en alguna de esas posiciones. Por ejemplo, si el doliente considera que fue una negligencia médica lo que produjo la muerte de su familiar, no puede estar toda la vida anclado en esa vivencia, pues no le ayudará a elaborar la muerte. En esas situaciones es sano poner la denuncia pertinente ante la sospecha de mala praxis médica o incluso poder hablar con el médico sobre esa sospecha de mala actuación. Lo que no es bueno para el doliente es que ponga toda su energía (tiempo y dinero) en “hacer justicia”, por dos razones: en principio, el error humano es posible, lo que no significa que el médico deseara la muerte del familiar y dos (y mas importante) el superviviente debe asumir la muerte de su familiar, para intentar reorganizar su vida ante su ausencia.

9.-La muerte siempre es un mal no deseado; es algo que viene pese a que no la llamemos. Cuando fallece un ser querido se puede producir una doble vivencia: sensación de vacío (por la pérdida) y sensación liberadora. Me lo decía en cierta ocasión Encarna, una hija soltera de 52 años, que, durante la última década, había estado atendiendo a su padre con Alzheimer y que había fallecido hacía solamente unos días: “Es como si me hubiera quitado una fuerte carga – decía, mientras las lágrimas corrían por sus mejillas-”. Esta mujer, como tantas cuidadoras/es, estaba experimentado un sentimiento de liberación no exento de pena. ¡Pero esta situación es humana, no patológica! El amor, incluso el heroísmo en la atención al enfermo, no está reñido con el sentimiento, también humano, de paz, liberación tras su muerte. Lo patológico, más bien, sería lo contrario: pretender ocultar el “bienestar” que esa muerte ha producido.

10.- En las personas religiosas puede surge el temor al castigo divino: “Dios no me puede perdonar pues he sido muy egoísta con mi marido”, me decía en cierta ocasión una mujer tras el fallecimiento del esposo. Este pensamiento implica una contradicción, “¿cómo es posible que Dios, bondad infinita, no tengan la capacidad de perdón? En algunas ocasiones lo que subyace en este pensamiento es una forma insana de enfrentarse con la pérdida del ser querido.

11.- Otras de las cuestiones alrededor del duelo es si procede iniciar un tratamiento farmacológico o no. En principio, hemos de recordar que el duelo, no es ninguna enfermedad, sino un proceso biológico inmerso en la propia naturaleza humana: nacemos, vivimos y morimos. El duelo es pues un proceso natural y comprensible tras la pérdida de una persona querida. La instauración de un tratamiento farmacológico, pues, dependerá del propio doliente y de su capacidad para asumir la pérdida. Si le produce gran incapacidad para desarrollar su vida cotidiana o se suma a una vivencia depresiva anterior, posiblemente se pueda beneficiar de un tratamiento farmacológico, en caso contrario no será preciso.

12.- En nuestra cultura occidental no estamos preparados para afrontar la muerte: vivimos como si fuéramos eternos, siempre se mueren los otros (vecinos compañeros de colegio, etc.), es por esto que siempre la muerte nos “coge de improviso”. Sería, necesario, pues, sobre todo en el medio urbano, mostrar al niño que la vida es efímera y que todos los seres vivos mueren.