DUELO POR SUICIDIO Y FAMILIA RESILIENTE

Articulo Duelo por suicidio y familia resiliente

Duelo por suicidio y familia resiliente

Alejandro Rocamora Bonilla

Duelo por suicidio

Jordan (2001), citado por Bobes García (2004[1])., sostiene que los duelos suicidas son diferentes, fundamentalmente en tres aspectos: su contenido temático -siempre implica una búsqueda del sentido del suicidio-, culpa, por la muerte del familiar y sentimientos intensos de abandono y rechazo, a la vez que hostilidad contra el fallecido; los procesos sociales implicados -los supervivientes además son vistos negativamente tanto por los demás como por sí mismos- y el impacto que el suicidio tiene en la familia -aumento del riesgo suicida para los supervivientes-.

El suicidio, que es el acto personal por antonomasia, (el sujeto decide cuándo, cómo y dónde pone fin a su vida) provoca una conducta, que como piedra lanzada en un estanque, perturba la vida de los familiares, amigos y compañeros. De esta forma el suicidio convierte a los supervivientes en víctimas.

Según Tizón (2004)[2]decenas de miles de personas en la Unión Europea han de elaborar cada año una pérdida tan difícil. Y especialmente difícil por las marcas de vergüenza, culpa, rechazo, incomprensión social, malestar y enfado que tal transición deja en los familiares y allegados al suicida. Juntamente con el homicidio, probablemente el suicidio es uno de los procesos de duelo de mas larga y difícil elaboración en las culturas occidentales y cristianas”.

Es por esto que podemos afirmar que el suicidio “es un acto privado que afecta lo público. Sale de los límites de lo individual empujando al grupo -familia, escuela, comunidad de trabajo, etc.- a una vertiginosa experiencia de fragmentación social”. (Altavilla, D.)[3], que puede provocar culpa, vergüenza, estigma, sentimiento de abandono, que en algunos casos provoca conductas autodestructivas entre los supervivientes.

Lo que es evidente, en la experiencia clínica, es que todo suicidio supone un atentado contra el equilibrio personal y un alto riesgo de que se rompa la homeostasis del sistema familiar.

 

Cinco preguntas

Se puede discutir que el comportamiento suicida tenga diversas caras de presentación, pero lo que es incuestionable es que el suicidio es una “vivencia diádica”, es decir, siempre existe “otro” que de forma consciente o inconsciente se siente salpicado por esa conducta. Sin esta dimensión diádica el suicidio sería menos suicidio. Evidentemente ese “otro” son los supervivientes, que se pueden hacer cinco preguntas, algunas de ellas sin posible respuesta (Rocamora, 2012)[4]

1) ¿Por qué me ha hecho esto?: es un grito de desesperación que el familiar lanza al vacío, buscando explicaciones e intentando dar una respuesta a una acción inexplicable. Es la primera cuestión que se plantea el superviviente, que generalmente incluye un sentimiento de abandono y de abatimiento.

2) ¿Podría haberse evitado?: Es habitual volver una y otra vez a la pregunta de cómo podría haberse evitado la muerte y cómo podría haberse salvado al ser querido. Es el run-run que impregna todo el ambiente familiar y que en muchas ocasiones no se explicita, pero no obstante genera culpa, en un intento por purgar los imaginarios fallos. Los «¿qué hubiera ocurrido si...?» pueden parecer interminables.

3) ¿Qué pensarán de mí los familiares, los amigos y los vecinos?: es la exteriorización de la vergüenza, ante lo que se considera un agravio para toda la familia. Si además la persona que se ha suicidado es un personaje público, la atención de los medios de comunicación puede ser muy estresante para los supervivientes, en especial cuando los medios cubren la muerte de forma insensible o poco precisa.

4) ¿Mi familia está maldita?: con frecuencia aparece la vivencia del estigma, en un intento de explicar a través de los “hados” o de la mala suerte lo que no hemos podido evitar: la muerte del ser querido. Y al mismo tiempo esa muerte maldita queda como gravada a fuego en la familia y pasa a las generaciones futuras.

5) ¿Qué pinto yo en la vida?: es el corolario de las anteriores preguntas cuando no se encuentra una respuesta. Si además la identificación con la persona que se ha quitado la vida era muy grande, se busca la solución en la propia muerte y por esto no es extraño que aparezcan conductas autodestructivas.

Lo evidente es que la muerte de un familiar por suicidio es como un tsunami en el contexto familiar. No solamente puede destruir al sistema familiar, sino que a partir de ese momento nada será igual. Siempre habrá un antes y un después del suicidio del familiar. Ya no será posible vivir como antes, sentir como antes y relacionarse como antes. Cada miembro familiar tomará su propia alternativa. Dos salidas posibles: quedarse inmenso en la pena y el dolor de forma permanente, o bien, la familia gracias a su capacidad resiliente reconstruir su vida.

En la primera salida, falsa salida, la familia se queda petrificada en su dolor y angustia, dando vueltas y vueltas a sus preguntas recurrentes: ¿por qué? ¿cómo no me di cuenta? ¿qué hice mal? Es como intentar sacar agua de una noria… cuando en realidad no tiene agua. O también, intentar sacar un clavo… dando martillazos. En definitiva, es una conducta incongruente que lo único que produce es más sufrimiento y más angustia.

En el segundo caso, la familia intentará elaborar su duelo, no exento de sufrimiento, a través de poder decir adiós transitorio a lo que fue su vida antes y un hola a la nueva situación. Es decir, desarrollará su capacidad resiliente.

 

Familia resiliente

¿Qué se entiende por resiliencia? “Es la capacidad del ser humano para hacer frente a las adversidades de la vida, aprender de ellas, superarlas e inclusive ser transformados por éstas” (Grotberg, 2006)[5]. Esta misma autora, señala que una característica de la familia resiliente es que a pesar de la adversidad puede seguir creciendo y manteniendo la coherencia de sus actividades. La familia resiliente no “pasa del conflicto”, pero tampoco se “engancha a él” de forma patológica, sino que, mas bien, desde el dolor y la angustia es capaz de seguir viviendo y construyendo su propia vida. La resiliencia, pues, implica que los sujetos tienen una capacidad sana de elaborar el trauma y desde esa posición seguir creciendo psicológicamente.

Esto se consigue, entre otras cosas, gracias a que la familia resiliente es capaz de conocer y reconocer los límites que implica el suicidio del familiar, pero también las posibilidades que ha dejado intactas. Además, son familias que se sienten inmersas en un ambiente armónico y funcional.

En palabras de Delage (2010)[6]

“la resiliencia familiar es la capacidad desarrollada en una familia, sacudida profundamente por una desgracia, para sostener y ayudar a uno o varios sus miembros, víctimas directas de circunstancias difíciles o a construir una vida rica y de plena realización para cada uno de sus integrantes a pesar de la situación adversa a la que ha sido sometido el conjunto”.

No es algo excepcional, sino que toda familia tiene esa capacidad para adaptarse, de forma sana, a esa nueva situación, con más o menos dificultades. Eso sí es un proceso dinámico no exento de retrocesos y de momentos de “tirar la toalla”. No tiene nada que ver con la invulnerabilidad, ni con la ausencia de sufrimiento. La resiliencia no es una cualidad de una persona o de una familia, sino que es una actitud que todos podemos desarrollar. El ser humano está preprogramado genéticamente para afrontar la adversidad, pero precisa actualizar esa cualidad.

Así, pues, ante el suicidio de un familiar, la familia se puede desintegrar o bien reforzar mucho más su vínculo. Esta segunda opción, lo que significa es que la familia ha sido capaz de actualizar sus recursos psicológicos (principalmente la gestión de las emociones) frente a la adversidad. Aquí habrá que tener en cuenta no solo al individuo sino también a la sociedad donde está inmerso. En nuestro caso, es importante, pues, que el suicidio no constituya un tabú, ni un estigma familiar, sino que los miembros familiares puedan expresar libremente, sin miedos, sus sentimientos y ansiedades. Se precisa pues una educación social para que el sistema no sancione, ni moralice, ni penalice a la familia donde se ha producido un suicidio

Siguiendo los criterios de Grotberg (2006)[7] una familia resiliente tendrá las siguientes características.

  • La familia resiliente es capaz de expresar enojo, culpa, rabia, etc. a través de la palabra, pero sin llegar a la acción. Es decir, en un momento dado puede comunicar su malestar y angustia por el suicidio del familiar, pero esto no bloquea sus responsabilidades con el resto de la familia, sino más bien es una forma de manifestar sus limitaciones y la necesidad de recibir ayuda.
  • En la familia resiliente todos colaboran, dependiendo de sus posibilidades, en la superación de la pérdida. Este no es patrimonio exclusivo de la madre, la esposa o la hermana, como ocurre cuando la mujer se convierte en el soporte principal y en muchas ocasiones el único de la familia.
  • La familia resiliente está en una continua búsqueda de solución a la situación traumática, pero también son capaces de aceptar la dura realidad de la pérdida del ser querido.
  • La familia resiliente es capaz de descubrir la “parte positiva” de la vivencia traumática (fortalecimiento de los vínculos familiares, descubrir la capacidad de entrega de algún hermano, redescubrir los valores de la solidaridad y el respeto por el otro, etc.) y construir a partir de esa experiencia una vida más plena, dando valor a lo que realmente lo tiene: el afecto de los más próximos.
  • La familia resiliente no se esconde en su sufrimiento, sino que dentro de sus posibilidades está abierta a otras relaciones y a beneficiarse de la ayuda de los parientes y amigos.
  • La familia resiliente favorecerá un clima acogedor y, al mismo tiempo liberador de las posibles tensiones y conflictos entre sus miembros.

 

 

 

[1] Bobes García, J. (2004). Comportamientos suicidas. Prevención y tratamientos. Barcelona: Ars Médica

[2] Tizón García, J. (2004). Pérdida, pena, duelo. Barcelona: Paidós, p. 704.

[3] Altavilla, D. “El Suicidio y el dolor de existir: Los afectados por suicidio y su duelo”

http://www.familiardesuicida.com.ar/bib_elsuicidioyeldolordeexistir_diana.htm

[4] Rocamora, A. (2012), ob. ct.  p. 189

[5] Grotberg, E. (2006), La resiliencia en el mundo de hoy. Cómo superar las adversidades. Barcelona: Gedisa, p. 18

[6] Delage, M. (2010). La resiliencia familiar. El nicho familiar y la superación de las heridas. Barcelona: ed. Gedisa, p. 91

[7] Grotberg (2006), ob. ct. p. 134 y ss.