El duelo por suicidio: de la aceptación a la adaptación pasando por el perdón y perdonase. Alejandro ROCAMORA. (Colaborador de REDAIPIS, abril 2024)

Abril 2024. Rocamora. El duelo por suicidio: de la aceptación a la adaptación pasando por el perdón y perdonase

 

El duelo por suicidio: de la aceptación a la adaptación pasando por el perdón y perdonase 

Alejandro Rocamora Bonilla 

1.-El duelo por suicidio 

Ante la muerte de un familiar por suicidio tres son las vivencias más frecuentes: pensar que soy culpable por esa situación, pensar que el sufrimiento durará toda la vida y pensar que esto afecta a todas las áreas de mi vida y no podré superarlo. 

En esta situación es frecuente sentirse culpable por lo que se hizo o no se hizo: cambiar de psiquiatra, no llevar a urgencia al familiar y un largo etcétera. En muchas ocasiones la única forma de seguir unidos al familiar fallecido es el sentirse culpable, aunque sea al precio de una gran angustia. También puede ocurrir pensar que este sufrimiento por la muerte por suicidio durará toda la vida. Pero la realidad es que todo túnel tiene su salida. En un primer momento el doliente sentirá este sentimiento de cronicidad de su sufrimiento, pero poco a poco se ira transformando su dolor en una adaptación creativa. Y, por último, puede ocurrir que el doliente sienta que esa pérdida (hijo, esposo/a, hermano/a, etc.) afecta a todas las áreas de su existencia y no podrá superarlo 

Para ilustrar estas ideas recordemos un cuento: Comerse doce pizzas: "Érase una vez un campesino con muchos problemas: su mejor vaca estaba enferma, la cosecha de trigo era muy mala por la falta de lluvia y su viejo tractor necesitaba un recambio. Entre sollozos se acercó a su mujer y le expresó sus temores y angustias. Esta por toda respuesta le preguntó: ¿serías capaz de comerte doce pizzas? Perplejo contestó el campesino: No. Una NO, replicó la mujer, sino varias docenas son las que de forma gradual, pizza a pizza, te has comido a lo largo de tu vida...". 

A veces, como al viejo campesino, los problemas crecen como setas: un hijo/a adolescente que no quiere estudiar, dificultades para llegar a final de mes, la muerte por suicidio de un ser querido, etc. todos esos problemas juntos nos desbordan y producen malestar. Si los queremos solucionar todos de golpe y al momento constataremos nuestra impotencia; comprobaremos que las doce pizzas no se pueden comer de golpe. El arte, para solucionarlo y sentirse feliz, es fraccionarlas (comerse las pizzas una a una en diferentes momentos). Cuando visionamos nuestra existencia y tomamos conciencia de las tinieblas, pero también de las luces, podemos comenzar a ser felices, a gozar de nuestra existencia. 

2-Tres momentos en el proceso del duelo por suicidio 

En otro lugar, el duelo por suicidio lo hemos definido como “un camino sin atajos” (Rocamora, 2022). En ese largo camino podemos distinguir tres momentos principales: aceptación creativa, perdonar/se y adaptación creativa. Todo este proceso está salpicado por la culpa, la vergüenza, la rabia y un largo etcétera de sentimientos, que cada persona vive de forma particular, con avances y retrocesos y que no siempre coincide con los otros miembros familiares. Cada miembro familiar vive su propio duelo. Esto en ocasiones genera incomprensión entre los miembros de una misma familia. 

2.1.-Aceptación creativa 

Aceptar es una palabra mágica que nos hace remover muchas situaciones biográficas y casi siempre es referida a una situación de desequilibrio o de malestar, aunque también tenemos que aceptar lo bueno: un ascenso, el nacimiento de un hijo o el premio de la bonoloto, por poner algunos ejemplos. 

En el caso de la muerte por suicidio es algo que surge sin ninguna programación en nuestras vidas. Aparece y nos invade nuestro propio proyecto existencial y solamente podemos, o bien incorporarla a nuestra biografía o bien rechazarla (lo cual produce dolor y sufrimiento). 

Aceptar supone asumir la nueva situación (“buena o mala”) no de forma pasiva o resignada, sino provocando sacar el mayor beneficio de lo que en principio no es deseado: en nuestro caso, la muerte de un ser querido. Por esto hablamos de aceptación creativa. 

Podemos distinguir dos dimensiones de la aceptación: racional y emocional. La primera supone asumir el hecho traumático de la muerte y sus consecuencias (“me siento solo/a”, “tengo menos ingresos”). Lo contrario sería un estado de “negación de la realidad” y por lo tanto podríamos hablar de una vivencia próxima a la psicosis. Es sano, pues, aceptar cognitivamente la muerte del ser querido, pero se produce un salto cualitativo cuando emocionalmente asumimos su pérdida: podemos hablar de él/ella, recordamos los momentos felices y los momentos menos felices, y, sobre todo, sin olvidar completamente al ser querido reconstruimos nuestra existencia. Es lo que yo llamo aceptación creativa. Hemos podido decir un “adiós temporal” a nuestro familiar y un “hola” a la nueva situación sin él. 

2.2.-Perdonar y perdonarse 

“Quien nos ha hecho daño nos ha clavado en un anzuelo que nos atraviesa las entrañas haciéndonos sentir un gran dolor. Queremos darle lo que se merece, tenemos ganas de hacerle sentir lo mismo y meterle a él en el mismo anzuelo, en un acto de justicia, que sufra lo mismo que nosotros. Si nos esforzamos en clavarle a él en el anzuelo, lo haremos teniendo muy presente el daño que nos ha hecho y cómo duele estar en el anzuelo donde él nos ha metido. Mientras lo metemos, o lo intentamos, nos quedaremos dentro del anzuelo. Si consiguiéramos meterle en el anzuelo, lo tendríamos entre nosotros y la punta, por lo que para salir nosotros tendremos que sacarle a él antes”. 

Con esta bella metáfora Steven Hayes nos plantea la necesidad del perdón, incluso por higiene personal. No solamente perdonamos para que el otro se sienta mejor, sino para que nosotros nos sintamos mejor y podamos quitarnos el “anzuelo” del sufrimiento. 

En la vivencia de perdón también podemos distinguir dos niveles: personal y relacional. El primero supone la capacidad de “perdonarme” ante los errores cometidos o las deficiencias de nuestra existencia y el segundo nivel implica la capacidad de perdonar y de pedir perdón. Todo ello nos puede llevar a la reconciliación o no, como después veremos.

 

En el duelo por suicidio al producirse de forma inesperada, en ocasiones, quedan flecos de vivencias que no hemos podido reparar: una conversación pendiente, un asunto que nos distorsionaba nuestro vínculo con el difunto, conductas inapropiadas, etc. 

Todo el largo camino del perdón no nos llevaría a ninguna parte si no estuviera acompañado, por el también arduo proceso de perdonarse. Es decir, como individuos finitos debemos ir aceptando nuestras equivocaciones, nuestros fallos, no como resultado de nuestra debilidad sino como signo de nuestras limitaciones, que no deben constituir ningún impedimento para lograr el siempre difícil equilibrio consigo mismos y con los demás. Así, la parte más negra de nuestra personalidad (el sentir odio, celos, envidia, sentimiento de inferioridad, culpa, el no cumplir con las expectativas de nuestros padres, etc.), que son la "sombra" de nuestra propia realidad, no es algo que debemos repudiar, sino intentar integrar para que la realidad sea perfecta: sujeto con sus luces y también con sus sombras. 

Por esto, podemos afirmar que la aceptación total de sí mismo, en cuanto posibilidades y límites, constituye la esencia misma del perdón. Ser capaz de perdonarse la impaciencia, las imperfecciones, la propia fragilidad, paradójicamente, puede ser el comienzo de un sentimiento de seguridad ante sí mismo y ante los demás. 

Qué significa perdonar 

Es evidente que perdonar no es justificar al ofensor, ni disculparle, ni negar la ofensa, ni tampoco es un signo de debilidad, ni por supuesto una actitud de superioridad (ej. “te perdono… ya sabía que no podías hacerlo bien”); por el contrario, si podemos afirmar que perdonar implica creer en la bondad intrínseca del ser humano, reconocer la ofensa, aunque se perdone, lo que no implica que se recupere necesariamente el mismo tipo de relación, que antes de la ofensa. Es decir, se puede llevar a la reconciliación o no, estableciendo otro tipo de vínculo. En definitiva, podemos afirmar que perdonar es un proceso que se inicia en la infancia. 

El proceso de perdonar 

Es evidente que el perdón no se improvisa. En algunas ocasiones necesita de todo un proceso terapéutico para llegar a ese punto. Algunos autores, como Monbourquette (1992) señalan doce etapas y Cloé Madanes (1993) han elaborado dieciséis pasos en los casos de abusos sexuales. Enright (2017) describe ocho claves para el perdón. 

Por mi parte, considero que podemos distinguir cuatro posiciones en las que el superviviente se sitúa, antes de llegar al perdón y consiguientemente a la sanación: 

1.- Reconocer y compartir la ofensa: todos los autores están de acuerdo en afirmar que es catártico poner palabras a la ofensa, real o imaginaria, y poder compartirla con otras personas. De nada sirve “echar tierra encima” y vivir como si nada hubiera ocurrido, pues entonces lo único que se consigue es que la carcoma del odio vaya destruyendo la propia existencia y la relación con el ofensor. Tampoco sirve el afirmar: “no importa”, “no pasa nada”, “que le vamos a hacer, él/ella es así”, son frases que denotan la herida producida por la ofensa, pero que al mismo tiempo no se quiere reconocer. Es cerrar la herida en falso.

Lo correcto es partir del hecho que, nos ha molestado la acción del hijo o del amigo (por ejemplo: “eso que has dicho no me ha gustado”; “me ha dolido mucho que no te acordaras de mi cumpleaños”, etc.) 

En el duelo por suicidio es necesario poder poner palabras a los sentimientos de ofensa del familiar fallecido, es decir, poder explicitar nuestro malestar y no ocultarlo o negarlo. 

2.- Aceptar la propia cólera, el deseo de venganza, la vergüenza o la culpa. Es preciso que cada uno de estos sentimientos los podamos etiquetar y reconocer para encontrar su significado más profundo. No podemos entrar en una guerra de reproches contra uno mismo o contra el otro, en un intento por no modificar nuestra primera posición de ofendido, pues esto nos llevaría a un sufrimiento estéril. Sería como intentar sacar agua de una noria que está seca; no por dar muchas vueltas podríamos conseguirla. 

En el duelo por suicidio en ocasiones el superviviente se queda dando vueltas y más vueltas sobre un sentimiento de malestar sobre el difunto y lo único que consigue es más sufrimiento. Hay que romper ese círculo vicioso de sentimientos negativos aceptándolos y comenzar a caminar sin el apoyo del ausente. 

3.- Comprender al ofensor. Es uno de los momentos más difíciles del proceso. Lo que se pretende es que el ofendido “poniéndose en el lugar del otro” intente comprender su conducta, lo que no implica que deba compartir sus acciones. 

En nuestro caso podemos llegar a comprender su acto de muerte (por su gran sufrimiento, por su incapacidad para encontrar otra salida, et.) aunque no lo compartamos. 

4.- Encontrar sentido a la muerte. Es pasar de un “por qué” neurótico y angustioso a un “para qué” creativo, maduro y responsable, que ayude en el proceso de la sanación. Se cambia, pues, el motivo de la reflexión: ya no importa tanto los motivos que llevaron al suicidio sino desde la realidad de la muerte mirar hacia adelante y saborear lo que podemos conseguir: madurez, apertura al otro, reconocimiento de nuestras debilidades, y posibilidades, etc. 

2.3.- Adaptación creativa 

Es el tercer momento en el proceso de duelo. 

Piaget (1955) al referirse a la adolescencia, como etapa evolutiva y período nuevo en la biografía del sujeto, describe la necesidad de un doble movimiento para que se produzca una buena adaptación: acomodación y asimilación. Es decir, se debe producir una adaptación autoplástica (cambio del yo) y una adaptación aloplástica (cambio del medio): Si esto no ocurre se produciría las falsas evoluciones de la persona (neurosis, psicosis o psicopatías). 

En el proceso de adaptación hay que distinguir dos aspectos: uno, es la modificación del propio individuo (cambio de hábitos y conductas, etc., acomodación lo llama Piaget); y el otro, descubrir al máximo la nueva realidad, que la situación crítica ha puesto de manifiesto (capacidad de compartir, la solidaridad, etc. asimilación lo llama Piaget). 

Por esto podemos afirmar, que en términos generales, "consideramos bien adaptado a un hombre si su productividad, su capacidad para disfrutar de la vida y su equilibrio mental no están perturbados " (Hartman, 1987). Lo contrario sería el caos, la angustia, la crisis. Esta se produce, precisamente por el abismo que se establece entre el individuo (sus necesidades) y las propias exigencias. La crisis, pues, se ocasiona no como resultado de una grave situación, sino por el desajuste entre el sujeto y esa nueva realidad. Por su dificultad de adaptación. 

Podríamos definir la adaptación (Hartman, 1987) "como una relación recíproca entre el organismo y el medio". Cuando existe armonía entre esos dos elementos, entre las exigencias de la persona y el grupo en que vive (familiar, social, laboral), podemos afirmar que se produce un desarrollo adecuado. Esta es la vía más efectiva de neutralizar la crisis: establecer un clima de solidaridad, de ayuda entre los distintos componentes del grupo y vacunar al niño contra las grandes crisis de adulto (incomprensión, ruptura, enfermedad, pérdida, rivalidad, zancadilla de los más próximos, etc. ). 

En el duelo por suicidio, el final del túnel, coincide con asumir la situación de pérdida y el reconocimiento de la nueva realidad de nuestra existencia sin la persona querida. Es decir, comienza un camino de reconstrucción de la vida con una mirada feliz por los años pasados juntos y una mirada esperanzadora de futuro. 

3.-Síntesis 

La resolución del duelo, pues, pasa por aceptar de forma creativa la pérdida no sólo de forma cognitiva sino también emocional. Reflexionar sobre el vínculo con la persona fallecida y realizar un proceso de perdonar y perdonarse y adaptarse creativamente a la nueva situación tras la pérdida, no de forma pasiva o resignada, sino tratando de sacar el mayor beneficio, de lo que en principio es no deseado. Sin chantajes, hay que poner los pies en tierra (reconocer las propias posibilidades y límites) y comenzar a caminar por el sendero que marca la propia pérdida. Podemos llegar a la misma meta de nuestra salud mental, pero el camino se ha hecho más angosto y tortuoso. 

Referencias bibliográficas 

Enright, R. (2017). Las 8 claves del perdón. Editorial Eleftheria 

Frankl, V. (1978). Psicoanálisis y existencialismo. De la psicoterapia a la logoterapia. Fondo de cultura económica 

Hartman, H. (1987). La psicología del yo y el problema de la adaptación. Ed. Paidós. 

Madanes, Cloé (1993). Sexo, amor y violencia. Estrategias de transformación. Paidós Terapia Familiar. 

Monbourquette, J. (1992). Cómo perdonar. Perdonar para sanar. Sanar para perdonar. Sal Terrae. 

Piaget,J., Inhelder, B.(1955) : De la logique de l´enfant á la logique de l´adolescent. Vol. I. P.U.F. 

Rocamora, A.(Dir.).( 2022). Un camino sin atajos. Duelo por el suicidio de un ser querido. Desclée De Brouwer