EL DUELO Y LA CONTINUIDAD DEL VÍNCULO. ALEJANDRO ROCAMORA

Artículo alejandro noviembre 2021

       EL DUELO Y LA CONTINUIDAD DEL VÍNCULO

 

“Cuando mi voz calle con la muerte

mi corazón te seguirá hablando·

R. Tagore

            El tercer sábado del mes de noviembre es el Día Internacional de los supervivientes (familiares y allegados que “sobreviven” al suicidio de una persona próxima). Con este motivo he reflexionado sobre el duelo y la forma sana de cómo los vínculos perduran aún tras la muerte. He aquí mi propuesta..

El duelo

            La muerte de un ser querido no solamente afecta al individuo (padre, madre, hijo/a, hermano/a, etc.) sino que repercute en todo el sistema familiar y social (amigos, vecinos, etc.). La muerte es como un tsunami que invade la esfera personal, pero también la esfera contextual. Por lo tanto, la elaboración del duelo no solamente depende del doliente, sino también de todo el sistema familiar y social. El contexto, pues, es como un reactivo en una reacción química, puede acelerar o detener el proceso. De la actitud de los otros (familiares y amigos, etc.) va a depender, en parte, la elaboración saludable del duelo.

            El duelo es una vivencia de amplio espectro. Puede afectar a nuestro mundo afectivo (aparecen los sentimientos de pena, culpa, rabia, vergüenza, etc.), racional (pensamientos negativos, quejas, etc.), somático (dolores físicos, etc.) y relacional (aislamiento y perturbación del pasado, presente y futuro)

            El duelo, pues, es una vivencia que tiene numerosas aristas y caras, y, por tanto, es compleja y multidimensional. Por eso, cada duelo es único e irrepetible y está relacionado fundamentalmente con la vinculación con el difunto, hasta la propia personalidad del doliente, pasando por las características de la muerte y problemas circunstanciales (psicopatología del doliente, situación económica, múltiples muertes, etc.) y la respuesta del contexto ante el hecho de la muerte.

            Ante la muerte de un ser querido no hay que ser “fuerte” (tapar el dolor y actuar como si nada hubiera ocurrido) sino “compartir” ese dolor y así posibilitar la cicatrización de la herida producida por la muerte.

            Por esto, algunos estudios plantean que en ocasiones la muerte de la pareja es más difícil de elaborar, que incluso la muerte de un hijo. En este último caso, al menos se puede compartir el dolor con una persona que está en la misma situación (el otro cónyuge). Sin embargo, en la muerte de la pareja el doliente se siente solo ante su sufrimiento.

            Por otra parte, el fallecimiento de un ser querido nos confronta con nuestra propia realidad de la muerte. Es como poner de manifiesto nuestra finitud. Por esto, una de las condiciones básicas de afrontamiento del duelo es la vivencia propia de la muerte y la otra, el vínculo con el finado. De esta conjunción de estas vivencias surge la personalización del duelo, además de otras circunstancias: el contexto de la muerte, nuestro gradiente de salud mental, el apoyo familiar y social, etc.

            El duelo no es un estado sino un proceso, en el que el doliente va experimentando una serie de vivencias psíquicas, desarrollando conductas e incluso va sintiendo cambios y síntomas en su cuerpo. Es decir, el duelo es un proceso, personal e intransferible y es cambiante.

Teorías sobre el duelo

Como bien se dice en Duelo: reconstrucción del vínculo y búsqueda de sentido[1]las concepciones actuales cuestionan la idea de que todas las personas que viven en duelo pasen por etapas o por una trayectoria de significados personales de la experiencia, considerando que cada proceso de duelo es diferente y particular y se configura de manera personal de acuerdo a un contexto cultural, social y familiar determinado”.

            La aproximación al duelo se ha realizado desde distintas perspectivas. Analizaremos algunas de las más significativas (Botella, L. y Herrero, O. 2001):[2]

  1. Teorías tradicionales: (Kubler Ross, Lindeman, Worden, etc.). Defienden que
  • La muerte es una realidad objetiva e igual para todos.
  • Se indican diferentes etapas que todo doliente tiene que pasar.
  • El doliente tiene un papel pasivo, y el terapeuta solamente puede acompañar.
  • Se subestima el significado personal de la pérdida.
  • El duelo que sigue los cauces diferentes al considerado “normal”, es patológico.
  • El duelo es una vivencia subjetiva y se da poca importancia al entorno socio-familiar.

 

  1. Modelo alternativo: el constructivista ( Neimeyer, Keesse., Stewart, etc.). El duelo como reconstrucción del significado ante la pérdida.
  • La pérdida no es algo “objetivo” que se viva de igual manera, sino que vamos construyendo activamente nuestra realidad.
  • Se defiende el papel activo ante la pérdida.
  • Se centra en el significado que la pérdida tiene para cada uno.
  • La pérdida transforma el mundo personal.
  • Importancia del contexto social y familiar.

c).- Modelo psicodinámico (Freud)

      Desde el punto de vista psicodinámico la diferencia entre duelo normal y duelo patológico se puede describir de la siguiente manera (Fernández Villamarzo, 1981)[3]: “En una situación normal la persona que ha sufrido una pérdida incorpora el objeto y la libido con él, para realizar un trabajo que consistirá en la separación de ambos”. Se interioriza para mejor producir el desinvestimiento y utilizar esa carga libidinal en otros objetos. Es decir, se establecen nuevas relaciones o nuevos proyectos.     

     Por el contrario, en “el duelo patológico no se produce el desenvestimiento del objeto interiorizado sino una fijación de la libido retraída al objeto incorporado”. Consecuentemente no se libera energía y la persona queda en duelo permanente.

d).-Modelo logoterapéutico (Viktor Frankl)

  • Tres postulados básicos: libertad de voluntad, voluntad de sentido y sentido de la vida.
  • La muerte da sentido a la vida.
  • La dimensión espiritual (valores) no enferma, no muere, luego de “alguna manera” persiste tras la muerte.
  • V. Frankl: “el duelo, por su parte, posee el sentido y la fuerza de hacer que siga existiendo, en cierto modo, lo que ha dejado de existir”.[4]

Continuidad de los vínculos

            Según García Hernández y col. (2018)[5]el concepto de continuidad de vínculos (en el duelo) aparece por primera vez en 1996, descrito por los autores Klass, Silverman y Nukman en el título de su libro Continuing bonds: new understanding of grief, donde se aborda el duelo desde el punto de vista psicológico y desafían el modelo popular que requiere que el duelo hay que “dejarlo ir”, entendido como separarse del difunto”.

            Se constata que hasta principio del siglo XX se considerada normal un vínculo, aunque diferente, con el fallecido, pero a partir de Freud es cuando se empieza a estimar necesario dejar atrás el pasado. Además, en esa época, la muerte es vivida como un fracaso y hay necesidad de pasar rápidamente página.

            Esto sería factible si la realidad vida-muerte fuera un modelo lineal y entonces si sería adecuado olvidar, pero la complejidad es una característica de la existencia humana y por lo tanto no es fácil romper un vínculo y olvidarlo.

            Lo patológico, la mala elaboración del duelo, se produce cuando queremos seguir con el mismo vínculo tras la muerte, lo que indica que no hemos aceptado la muerte.

            De forma clara lo expresa García Hernández y col. (2018)[6]: “la continuidad de vínculos no significa que las personas vivan en el pasado. La naturaleza misma de la vida cambia con la muerte. Los fallecidos están presentes y ausentes, y no se puede ignorar este hecho y la tensión que ello crea en el proceso de duelo”.

Duelo y vínculo

                Ante la muerte de un ser querido nos podemos hacer las siguientes preguntas: ¿es posible seguir viviendo igual tras su muerte? ¿nos podemos separar totalmente de la persona fallecida? ¿se puede uno recuperar totalmente tras la pérdida?

            Mi postura es que la muerte, cualquier muerte próxima, deja su impronta en los dolientes. Ya nada será igual. Se produce como un “corrimiento de tierra” que modifica el paisaje familiar, hasta que se estabiliza nuevamente. Pero siempre ocurrirá que no podemos, sin más, “pasar página” como si nada hubiera ocurrido. Si así fuera sería una forma de dificultar gravemente la elaboración del duelo.

            Baker, (2001)[7] refiere que algunos estudios sobre viudos y viudas han puesto de manifiesto que estas personas afligidas mostraban diferentes forma de seguir vinculadas a sus esposos/as: a través del sueño, recuerdos diurnos, objetos personales, emulando algunas conductas o rasgos de la persona fallecida, o bien experimentando algún tipo de contacto estable con la persona ausente.

            El mismo autor (Baker, 2001)[8] indica que en un estudio sobre niños en duelo durante dos años, descubrieron cuatro tipos de vínculos:

  • Continuos: se vive al fallecido como una frustración que produce terror.
  • Recuerdos del fallecido: pero sin ninguna relacional emocional.
  • Manteniendo una relación interactiva con el difunto: hablar con él, rezarle, compartir experiencias, etc.
  • Internalización de valores del padre fallecido: emulando su actitud ante la vida.

Por otra parte, la muerte está cargada de significado personal y cultural donde el contexto en que se produce puede facilitar o entorpecer la elaboración del duelo. Podemos pues distinguir cuatro tipos de vínculos alrededor de la muerte: vínculo contextual (amigos, familiares), vínculo con el finado (dependiente, ambivalente, seguro), vínculo tras la muerte con el finado (cómo se vive la pérdida) y el vínculo contextual tras la muerte (cómo vive la muerte las personas más próximas). De la salud de estos vínculos dependerá la sana elaboración del duelo.

Así, pues, el duelo no es solamente una experiencia subjetiva, sino que también tiene una dimensión social y contextual, que puede modificar, de alguna manera, la resolución sana de la pérdida.

Duelo normal y duelo patológico

            Podemos afirmar que el duelo no es un proceso de desapego sino de transformación del vínculo. Pero, surge la pregunta: ¿cómo saber si un duelo, referido a lo vincular, es sano o patológico?

            Baker (2001)[9]  refiere algunos criterios para distinguirlos:

  • Criterio cualitativo: sería patológico si después de 6-12 meses el doliente está continuamente evocando al sujeto, o, por el contrario, que no tenga ningún recuerdo o que tenga que olvidar toda experiencia con el finado.
  • Sería normal recordar las cualidades positivas y negativas del finado; sería patológico, si solamente recuerda los aspectos buenos (idealización), o exclusivamente lo negativo (devaluación).
  • Sería patológico si son recuerdos intrusivos, repetitivos y disfóricos después de un período inicial; sería saludable si los recuerdos se pueden controlar y evocan una situación de bienestar.

Síntesis

Tras analizar la relación del duelo y el vínculo y las diferentes teorías al respecto, concluimos que el duelo no es un proceso de desapego (que diría Freud), sino un proceso de transformación del vínculo con el difunto y el vínculo con los demás supervivientes.

 

Es decir, de alguna manera la persona fallecida sigue presente. Es una ausencia-presencia que nos reconforta y nos ayuda a seguir viviendo. En ocasiones se convierte en el motor de nuestra existencia.

Todos los que hemos perdido a un ser querido (padre/madre, hijo/a, hermano/a, etc.) sabemos que de “alguna manera” sigue “presente”: a través de una planta (mis hijos y yo aún conservamos “la planta de la abuela”); recordando con frecuencia alguna frase o sentencia; teniéndole presente en las grandes dificultades de la vida o en los momentos de felicidad familiar; imaginándonos que diría o haría en una situación concreta de nuestra vida, y un largo etcétera. Y esto no es patológico, sino que nos ayuda a seguir viviendo.

            De alguna manera, pues, seguimos conectados con el difunto a través del corazón y no de las palabras, que diría R. Tagore.

Bibliografía

Baker, J. E (2001) “Mourning and the Transformation of Object Relationships. Evidence for the Persistence of Internal Attachments”, en Psychoanalytic Psychology , Vol. 18, No. 1, 55-73

Botella, L j Herrero, O. (2001). La pérdida y el duelo desde una visión constructivista narrativa https://www.researchgate.net/profile/Luis-Botella-

Frankl, V. (1987).El hombre doliente. Fundamentos antropológicos de la psicoterapia. Barcelona: Herder,  (original de 1984).

Fernández Villamarzo, P. (1981). El narcisismo. Instituto Superior de Estudios Freudianos Oskar Pfister. Apuntes mecnografiados. Madrid. Curso 1981-82.

 

García Hernández, AM., Brito Brito, PR., Rodriguez Alonso, M. y Peyrolón Jiménez, J Continuidad de vínculos y duelo. Nuevas perspectivas

https://www.researchgate.net/publication/329759302_

 

 http://www.fundacioncap.cl/wp-content/uploads/2020/08/Duelo_-Reconstruc…

 

[2] Botella, L j Herrero, O. (2001). La pérdida y el duelo desde una visión constructivista narrativa https://www.researchgate.net/profile/Luis-Botella-

 

 

[3] Fernández Villamarzo, P. (1981). El narcisismo. Instituto Superior de Estudios Freudianos Oskar Pfister. Apuntes mecnografiados. Madrid. Curso 1981-82.

[4] Frankl, V. (1978).Psicoanálisis y existencialismo. México: Fondo de Cultura Económica, p. 164

 

[5]  García Hernández, AM., Brito Brito, PR., Rodriguez Alonso, M. y Peyrolón Jiménez, J Continuidad de vínculos y duelo. Nuevas perspectivas

https://www.researchgate.net/publication/329759302_

[6] Ïbidem, p. 7

[7] Baker, J. E (2001) “Mourning and the Transformation of Object Relationships. Evidence for the Persistence of Internal Attachments”, en Psychoanalytic Psychology , Vol. 18, No. 1, 55-73

 

[8] Ïbidem, p. 65

[9] Íbidem, p. 68