EL SUICIDIO EN LA VIDA COTIDIANA. (Alejandro Rocamora).

ARTÍCULO Rocamora. El suicidio en la vida cotidiana.

El suicidio en la vida cotidiana

 

Alejandro Rocamora Bonilla

   

En el ejercicio de mi profesión como psiquiatra, siempre he sentido un raro escalofrío, cuando algún consultante me ha dicho: "doctor, no deseo vivir"; o de forma más contundente: "veo que mi única salida es la muerte".

Es cierto que aproximadamente el 90%  de los sujetos que realizan un suicidio tienen un diagnóstico psiquiátrico o se les etiqueta a posteriori. Pero lo sorprendente es ese resto de 10%, de personas "normales". Además, según algunos autores, entre un 10% a un 15%  de la población ha tenido en algún momento de su existencia una vivencia suicida. Nuestra reflexión se centrará en esta minoría.

Vacío, soledad y desesperanza son algunos de los ingredientes que intervienen en todo impulso suicida. Al menos en los "suicidios de la vida cotidiana", esos que no tienen ningún rótulo, ni diagnóstico psiquiátrico. Lo que  subyace en todos ellos es su incapacidad para modificar su medio, los acontecimientos o su dificultad para   asumir los hechos que parecen  irremediables.

Lo cierto es que nadie quiere morir. La muerte es absurda para todo ser viviente. Desde nuestro "deseo de omnipotencia", de trascendencia, el hombre siente el impulso de permanencia, de no morir. Mas para la persona que quiere suicidarse, la muerte cobra sentido, tiene un significado  de abandonar la situación angustiosa, o de buscar el sosiego en otra parte. Encontrar  la paz sería el objetivo de la persona que atenta contra su vida. Pero aquí el error es que es una decisión irreversible y por lo tanto con la muerte se condena a no encontrar otra opción más satisfactoria a su problema. Por esto afirmamos que el suicidio nunca es una buena solución, pues es una solución que nos impide disfrutar de la vida. 

                       

El hombre hoy: un ser vacío

Podríamos afirmar que el denominador común de alguna conducta suicida, sin diagnóstico psiquiátrico, es el vacío existencial. "Doctor: me siento vacío". Es la expresión con la que muchos consultantes comienzan o terminan su relato de frustración, incomprensión o hastío de la vida, ante el psiquiatra o cualquier agente de ayuda. Así, inició la entrevista Luis, ingeniero de caminos, de 38 años de edad, casado y con dos hijos: "Tengo muchas cosas (casa, coche, una buena posición económica y social) pero me siento sin ilusión, sin proyectos, sin ganas para seguir viviendo...Es como si estuviera haciendo las cosas que a los demás les hacen felices pero a mí me produce cierta sensación de aburrimiento. Me siento como participando en una carrera de alta competición sin que yo haya hecho la inscripción. Son los otros (mi familia, mis amigos, mis jefes, etc.) los que han decidido por mí. Me siento como sumergido en un profundo pozo, sin fondo. Bajo mis pies solamente existe la nada".

Nuestra sociedad está plagada por muchos Luises, que con mayor o menor intensidad, viven la experiencia de su propia vaciedad y "sinsentido". Pueden estar en paro o con un buen puesto de trabajo; enfermos o sanos; vivir en una familia saludable o enferma psíquicamente; tener una pareja estable o no, todo eso poco, o nada importa, frente a su sentimiento corrosivo de vacuidad.

La gran tragedia del hombre actual es que se siente atrapado y ahogado («vaciado») por los «valores de los otros». Los medios de comunicación cada día nos proponen héroes, que son inalcanzables, pero al mismo tiempo tienen los pies de barro. No resisten el mínimo análisis serio. Hemos pasado de la tiranía de los valores internos (religión, tradición familiar, etc.) a la esclavitud de la moda. Vivimos al dictado de lo que nos dicen: qué coche tenemos que comprar, que tipo de champú debemos utilizar, o que carrera deben estudiar nuestros hijos para... triunfar

Nuestra era postmoderna se puede identificar con el  vacío. Ya no se contrapone el sentido al sinsentido, la tercera vía es la apatía, la indiferencia; nada importa, todo tiene sentido, y al mismo tiempo es un "sinsentido". Pero esa actitud pasiva puede llevar a soluciones drásticas como el suicidio, que muestra el clímax de un estado.

Este panorama lleva a afirmar a algún autor (Gilles Lipovettsky, 1986)[1] " que la sociedad postmoderna, ni tiene ideales, ni tabú, ni tan solo imagen gloriosa de sí misma, ningún proyecto histórico universalizador, estamos ya regidos por el vacío, un vacío que no comporta, sin embargo, ni tragedia, ni apocalipsis".

Creatividad, amar o ser amado, cambio de actitud

 Ante esa vivencia de vacuidad Víktor Frankl propone tres valores: la creatividad, amar o ser amado y cambio de actitud. Pues, como el mismo afirmaba, “no existe ninguna situación en la vida que carezca de sentido”. Y lo decía V. Frankl que había pasado varios años en un campo de concentración nazi.

El primer valor lo podemos definir como la capacidad de salir de sí mismo y dar forma a una idea, a una inspiración o a una fantasía. El creador se transforma y es como si fuera otra persona. Por este motivo, alguien ha definido a la creatividad como una “experiencia vital”. Al crear es como si rompiésemos la tendencia que nos lleva al aburrimiento, a la repetición por la repetición. Crear es tomar conciencia de uno mismo, de sus posibilidades y ponerlas en acto. La madre que cuida con ternura y esmero, no rutinariamente, a su bebé; el labrador que disfruta preparando la tierra para la siembra o el estudiante que intenta asimilar, no solo memorizar, un texto, etc.  Todos ellos, de alguna manera están creando.

En segundo lugar,  V. Frankl indica que amar o sentirse amado puede constituir el motor de la existencia y  puede dar sentido a la vida. Así se pone de manifiesto en la novela del brasileño  Paulo Coelho, titulada "Verónika decide morir". La joven protagonista de la historia, en su carrera hacia la muerte es cuando descubre la vida. Es en ese "resbalarse por el abismo de la vida" (que diría Freud) donde experimenta placeres antes insospechados. Verónika, la protagonista de la novela de P. Coelho, decide vivir plenamente los pocos días que la quedan cuando encuentra a una persona, que la valora y la acepta tal como es; es decir, encuentra el placer de vivir cuando descubre el amor de Eduard.

Y por último, los valores de actitud, que sobre todo en las situaciones límites, “se pueden rescatar tres aspectos positivos en lo negativo del dolor: el valor de prestación (ser ejemplo para otros); el valor de crecimiento (de l factible a lo existente) y el valor de madurez (alcanzar su libertad interior). Estos tres aspectos ayudan a superar el sentimiento de inutilidad del sufrimiento” (Acevedo, 1985).[2]

Es decir, el valor de actitud es la capacidad de todo ser humano de dar sentido al sufrimiento inevitable, la culpa inexcusable y la muerte ineludible.

En síntesis, el proceso es el siguiente: reencuentro con uno mismo, a través del  cariño y afecto de los "otros", con una proyección hacia fuera (creatividad ) y todo ello coronado por una brisa de  esperanza.  De esta forma la vida seguirá fluyendo.

 

 

[1] Gilles Lipovettsky (1986). La era del vacío. Barcelona: anagrama, p. 9

[2] Acevedo, G. (1985). El modo humano de enfermar. Buenos Aires: Fundación Argentina de Logoterapia “Viktor Frankl”, p. 50