LA CONDUCTA SUICIDA EN LA ADOLESCENCIA: PREVENCIÓN PRIMARIA FAMILIAR (Alejandro Rocamora)

la conducta suicida adolescentes. Alejandro Rocamora

LA CONDUCTA SUICIDA EN LA ADOLESCENCIA: PREVENCIÓN PRIMARIA FAMILIAR

           Alejandro Rocamora Bonilla


La familia es uno de los principales factores protectores, según la OMS (2006)[1]. Es preciso pues que sea un medio cohesionado y estable con un buen nivel de comunicación. Por el contrario la desestructuración familiar es uno de los factores de riesgo más significativos

Entre las acciones que la familia puede realizar para prevenir de forma general el suicidio, señalamos las siguientes:

Promover modos de vida saludable: es necesario que el medio familiar facilite comportamientos sanos: no consumo de tóxicos, ni tabaco; promocionar el deporte y las relaciones sociales; educar en hábitos higiénicos (comida, sueño, etc.) que posibiliten una salud física adecuada, etc.

Educar en valores: la solidaridad, el respeto al otro, la importancia de la verdad, la creencia en el otro, etc. Todo lo que sea potenciar la parte positiva del individuo (el compartir, el ayudar al otro, el sentir con el otro,  el respetar al otro, etc.) es una manera de combatir la agresividad, ya que ésta solamente se neutraliza  con el amor (pulsión  del eros).

Educar en la frustración: un cierto nivel de frustración es saludable: no podemos meter a nuestros hijos en una “urna psicológica”, evitando todo sentimiento negativo de ansiedad, angustia, tristeza, temor, etc. La vida es lucha, tensión, con una pizca de sufrimiento. El niño debe ir aceptando las frustraciones diarias (el olvido de un compañero, la carencia de un juguete, etc.) para que de adulto no sea excesivamente vulnerable a cualquier situación conflictiva de paro, ruptura sentimental, etc. Es una forma de fortalecer el yo  y consecuentemente contemplar al otro no como un enemigo sino como un compañero de camino (con su más y sus menos) en el arduo viaje de la vida.

      Un buen objetivo será no exigir más de lo que el niño pueda dar  (ni por supuesto tampoco menos): a nivel académico, deportivo, de responsabilidad, etc.  El mismo debe ir aceptando sus propias limitaciones, no como un defecto sino como su  realidad, que le puede producir felicidad y bienestar. El niño desde que nace está inmerso en una continua frustración: falto de alimento, no atención inmediata,  frío o calor, etc.  que deberá  asumir como algo  humano e incorporado en su devenir como persona.

Vacunarse contra la frustración: así como existe una vacuna contra la meningitis y otras enfermedades, deberíamos aprender  a vacunar a nuestros hijos contra la frustración. ¿Cómo? No sobreprotegiéndoles de tal manera que parezca que viven en el paraíso terrenal: nada se les niega (todos los caprichos y juguetes están a su alcance), todo se les permite. A este respecto decía un autor: "el niño que nunca oye la palabra NO en boca de sus padres, será un niño infeliz".  No aprenderá a poner límites a sus deseos y necesidades. Y esto es así porque el NO de unos padres puede frustrar pero también organizar  al trazar las coordenadas por donde se puede mover el niño. Eso sí deben ser unos límites razonables no autoritarios. Todo esto se consigue en un medio familiar tolerante y flexible donde todo se pueda pensar y decir (aunque no realizar), y donde el niño se siente querido y valorado, y donde las reglas sean claras y asequibles.

Educar para la tolerancia

Ser tolerante no es sinónimo de aceptar todo lo que nos manifiesta el otro, ni de transigir en todas las ocasiones con las propuestas de nuestros semejantes. La to­lerancia se basa en la capacidad para comprender al otro, pero sin fundirnos con él o con los mensajes que nos trans­mite. Es decir, el tolerante es el que admitiendo las dife­rencias, no las agrede ni las ridiculiza y es respetuoso con los demás, aunque no claudica de su posición o criterio.

Así, ser tolerante en la familia, por ejemplo,  implica un respeto mutuo entre todos sus miembros, siempre y cuando las opciones personales  no perturben la estabilidad y         el buen funcionamiento de todo el colectivo.

Según esto, la tolerancia no significa dar siempre la razón al otro, ni tampoco aliarse siempre con el más fuerte, poderoso o sabio, sino mas bien la familia deberá procurar fortalecer la autoestima de cada uno de sus miembros, pues es desde la fortalece del yo desde donde podemos a aprender a ser tolerantes con los demás y con nosotros mismos.

Educar para sentir

“El sentir no es malo...”, debería el santo y señas de nuestras familias. Estamos en una cultura que tiene cierto resquemor a sentir envidia, celos, odio, etc. y mucho más a expresarlos. Un ejemplo: cuando un niño da una patada a su hermano, por debajo de la mesa, porque no le ha alcanzado el pan, sancionamos esa acción sin detenernos en lo que la ha provocado: la insolidaridad. Ambas conductas son repudiables. El error del que da la patada es la expresión de su malestar a través de la agresividad, pero no el sentir que su hermano ha sido insolidario con él. Es preciso pues, enseñar a nuestros hijos a reconocer sus sentimientos (positivos y negativos) y a poder expresarlos de forma adecuada. Debemos favorecer la libertad de sentir (amor, envidia, etc.) no la libertad de acción, pues siempre tenemos que tener presente los derechos del otro.

Por otra parte, sin darnos casi  cuenta podemos vivir como si los únicos que sufrimos somos nosotros. Sentir al otro, es lo que Roger llamó empatizar. Es decir, algo así como ser capaces de “calzar el mismo zapato” del compañero que sufre, del vecino que está en paro o del hijo que ha sacado malas notas. ¿Cuáles son sus sentimientos más profundos? Si ante el fracaso escolar, la rebeldía  o las iniciativas de nuestro hijo, nos preguntáramos: ¿qué siente? Es posible que nuestra postura fuera diferente, al menos porque habríamos salido de nosotros mismos  y nos situaríamos en la búsqueda conjunto de una solución válida para las dos partes. 

Posibilitar la expresión de los sentimientos: en los primeros años de la vida debemos favorecer el desarrollo del ello, evitando su represión y permitiendo la verbalizaciòn de todos los sentimientos. Es un error educar en un ambiente en que solamente se puede decir "lo bueno”: "me siento bien", "te quiero mucho", "eres muy agradable" ... Por el contrario, se castiga y se  reprocha todo lo que huela a odio, rencor, envidia, agresividad. "Esas cosas no se pueden decir", solemos repetir. Es cierto que no puede haber una libertad de acción (hacer lo que uno quiera y cuando quiera), pero sì una libertad de sentir y de expresar, a través de la palabra. Lo negativo no es sentir... rabia, por ejemplo; lo negativo es no saber canalizar ese sentimiento  hacia conductas y acciones que favorezcan el crecimiento psicológico del individuo.

Crear un clima familiar en el que la emoción (pena, alegría) se pueda expresar, pero también la rabia, los celos, la agresividad. "No te queremos menos por tu acto agresivo; te queremos más porque has sido capaz  de expresarte y reconocer tu fallo". Este podría ser un buen lema para una familia sana. En definitiva, los padres, como catalizadores del desarrollo humano de sus hijos, deberán facilitar  la libertad de sentir, no solamente la libertad de pensar y de  actuar.

Posibilitar vínculos sanos: la importancia del “nosotros”: en las situaciones límites se constata que cuanto más cohesionado esté el grupo menos perturbación producirá la tragedia. En estas situaciones una cosa es evidente: las razones sirven poco, lo que ayuda es la proximidad, la solidaridad, la transferencia positiva. Por esto es necesario crear un clima de comprensión, no de razones, para abortar la angustia. Debemos pasar de un tú, y un yo, a un nosotros, que potencie un clima de confianza y seguridad. Por esto podemos afirmar que toda conducta que favorezca la cohesión del grupo y fortalezca los valores de solidaridad y comprensión será una buena fórmula para paliar la angustia en estas situaciones.

Favorecer la autoestima: dos ideas básicas: cuando el niño triunfe (haber realizado un buen examen, haber hecho un buen partido de fútbol o una acción de solidaridad, etc.) no echarle un jarro de agua fría con comentarios como: " está bien, pero no te duermas en los laureles"; cuando fracase, apoyarle con palabras de aliento, transmitiéndole que lo queréis no por lo que hace (buenas notas) sino por lo que es (vuestro hijo).

            No obstante, debemos concluir, que a pesar de todo, la persona que se suicida siempre es la única responsable de su decisión. Los profesionales (psicólogos y psiquiátras), los profesores y los propios padres y el resto de la familia pueden indicar el camino de la salud, pero el individuo es el que puede elegir recorrerlo o no.

 

[1] OMS (2006).  Prevención del suicidio. Recursos para consejeros. http://www.who.int/mental_health/media/counsellors_spanish.pdf