LA LÓGICA DEL SUICIDIO.

la lógica del suicidio. Por Alejandro Rocamora

La lógica del suicidio

 

Independientemente de la defensa o condena del acto suicida nuestra reflexión teórica sobre el suicidio nos puede llevar a preguntarnos: ¿Cómo explicar que una persona muera por su propia mano? ¿La conducta suicida puede tener alguna justificación desde la psicología? Y por último, ¿Tiene sentido el sinsentido del suicidio?

La vivencia suicida es más un sentimiento que un cúmulo de razones para morir y sabemos que los sentimientos tienen otra lógica. Como dice algún autor, los sentimientos son como los sacacorchos con muchas vueltas y revueltas. Además, la vivencia suicida es personal e intransferible. Por eso conocemos mucho de estadística (edad, sexo, factores de riesgo, estado civil de quienes se suicidan, etc.) pero poco sabemos lo que siente Antonio ante su diagnóstico de muerte, o Felisa ante la muerte de su hijo, por poner solo dos ejemplos.

Reflexionamos, pues, sobre algo que nos es ajeno y a veces extraño, y aunque formulemos hipótesis sobre lo ocurrido siempre estaremos en otra dimensión. Es evidente que la vivencia suicida es compleja (tiene muchas caras e intersecciones de motivos y sentimientos), por esto es difícil de comprender, pero la dificultad profunda es porque estamos en el plano de la vida, no de la muerte. Es decir, intentamos comprender desde “nuestro círculo de vida” a una persona que está “en el círculo de la muerte”.

El suicidio, como los sueños, tiene una lógica propia, no es racional, sino consecuente con estar en otra dimensión. La persona con comportamientos suicidas se sitúa en un círculo hermético (otros autores lo han llamado «la lógica suicida» o «mente suicida») que cualquier acontecimiento por simple que parezca (conflicto con la pareja, pérdida de trabajo, etc.) le puede precipitar al abismo de la muerte. Lo importante, pues, no es el factor desencadenante sino la situación que vive la persona. Y aunque la suicidología nos habla de factores desencadenantes, de depresión endógena, etc. siempre nos faltará encontrar lo nuclear del problema.

El largo recorrido que va de la vida a la “muerte por propia mano”, excluyendo a las personas que comenten un suicidio de forma impulsiva, presupone una elaboración prolongada en el tiempo y en el propio proceso de esa decisión. Pasar de “la lógica de la vida” a la “lógica de la muerte” se puede representar por ese prolongado camino que se inicia con la negación de la vida y finaliza con la voluntad de matarse. El proceso inverso, nos diría V. Frankl, es encontrar el sentido a esa vivencia traumática (enfermedad mortal, culpa o muerte) que nos haga entrar nuevamente en la “lógica de la vida”.

Desgranando ese proceso podemos afirmar que en un extremo, de los que miran a la vida, se sitúa el amplio espectro de personas que expresan un primer malestar general (negación de la vida) y descalificación de sí mismo (autodesprecio) que conduce al deseo de no-vivir. A partir de ese momento se produce un giro hacia la muerte: deseo de morir èvoluntad de matarse è suicidio. A medida que nos aproximamos al extremo de la muerte, la vivencia suicida es más firme y el riesgo de autodestrucción más alto.

La solución, pues, no es que los que estamos en la orilla de la vida demos razones para no morir (“no te puedes suicidar por tus hijos”) sino que los que están inmersos en la “lógica de la muerte” encuentren el sentido, que paradójicamente les lleva a la orilla de la vida.

Por todo esto, la gran pregunta que nos tenemos que hacer, no es ¿Vd. por qué quiere suicidarse? (el motivo puede ser objetivamente baladí) sino ¿Vd. para qué se quiere suicidar? Es una forma de descubrir si el sujeto se encuentra en el “círculo de la vida” o en el “círculo de la muerte”. Se intenta descubrir el sentimiento profundo que lleva hacia la muerte y la necesidad que se quiere neutralizar. Es el camino para encontrar el sentido a la situación que nos conduce al suicidio.

V. Frankl (2003)[1] dice a este respecto:

“La vida está potencialmente llena de sentido en cualquier situación, sea agradable, placentera o miserable…el sentido es accesible a cada uno, independientemente del sexo, edad, cociente intelectual, antecedentes educacionales, estructura de carácter y medio ambiente, independientemente si uno es religioso o no, y en caso de ser religioso, independientemente de la confesión a la que uno pertenezca”.

Alejandro Rocamora Bonilla

 

[1] Frankl, V. (2003). La idea psicológica del hombre. Madrid: Rialp, p. 38