LAS TRES CARAS DE LA CONDUCTA SUICIDA. Alejandro Rocamora.

LAS TRES CARAS DE LA CONDUCTA SUICIDA

LAS TRES CARAS DE LA CONDUCTA SUICIDA

Alejandro Rocamora Bonilla

            La conducta suicida, como hemos dicho en varias ocasiones, es un proceso complejo y multidimensional. Es una vivencia que no se puede reducir a un sólo instante (excepto en el suicidio impulsivo), sino que generalmente la persona puede llevar horas, días, semanas o incluso meses y años elaborando su idea de muerte. Ésta pasa por diferentes estadios, como ya describió Pöldinger (1969)[1] en su famoso libro La tendencia suicida: fase de consideración (se contempla con agrado la alternativa del suicidio, como una salida válida a la situación angustiosa; fase de ambivalencia (refleja la lucha interna de la tendencia de muerte y la tendencia de vida, haciendo un balance de los pros y contra del acto suicida) y fase de decisión  donde la persona contempla la muerte como única salida a su angustia). Y esto no es un proceso lineal, sino con avances y retrocesos.

            Por otra parte, el acto suicida no es posible reducirlo a una sola causa, sino que es más bien una respuesta a una situación estresante, angustiosa, “como un callejón sin salida” y como una “solución” (falsa solución) a la problemática actual. A veces, simplificamos al máximo este proceso y lo reducimos a un solo factor: “se ha suicidado por la ruptura sentimental”, “este joven no ha soportado que le echaran del trabajo”, o bien, “no ha soportado tanto sufrimiento”, por poner sólo algunos ejemplos. Pero esto es falso: la conducta suicida, como hemos dicho antes, es multidimensional, y no se puede reducir a un solo factor. Incluso en ocasiones, el llamado factor desencadenante puede ser aparentemente nimio y sin ninguna gravedad (suspender un examen, discusión con un familiar, etc.). En definitiva, la “situación” en que se vive, y más concretamente “cómo vive la persona esa situación” (los mecanismos de afrontamiento utilizados) es lo que inclinará la balanza hacia la vida o hacia la muerte..

            Pero, además, la vivencia suicida es poliédrica. Tiene tres caras: emocional, conductual y existencial.

            La primera está formada por el conjunto de sentimientos, que constituyen los cimientos de la conducta suicida: el vacío existencial, la soledad, la angustia, la vergüenza, la culpa o la impulsividad, como los más significativos y frecuentes. En el jeroglífico, que es toda conducta suicida, habrá que descifrar qué sentimiento profundo fundamenta su vivencia autodestructiva para que no progrese hacia la desesperación y desesperanza, que son la antesala del acto suicida. Solamente así podremos ayudar a la persona a que encuentre la salida saludable en el laberinto emocional en que se encuentra.

                  La cara conductual es la manifestación externa de esos sentimientos profundos, que se concretiza o bien, con una ideación suicida, un gesto suicida, un intento autolítico, un suicidio frustrado o un suicidio consumado. Es importante, en cuanto a la prevención, identificar cuál es la conducta que ha realizado el sujeto para reconocer la gravedad de la misma e instaurar las acciones terapéuticas para evitar el suicidio. Es evidente, que es menos graves tener ideas suicidas que realizar un suicidio frustrado.

 

Describo brevemente cada una de estas conductas (Rocamora, 2012)[2]:

 

  • Ideas suicidas: la idea de autodestrucción impregna toda la entrevista. Se contempla el suicidio como "solución real" a su problemática. Evidentemente no existe ningún daño físico contra sí mismo. Son pensamientos recurrentes sobre la intencionalidad de producirse la muerte. Pueden estar acompañados con fantasías del propio suicidio (ahorcamiento, ingesta de fármacos, etc.). Es un método indeterminado que contempla la muerte como posible pero todavía alejada del hecho en sí. No existe pues planificación del acto suicida (el cuándo, el cómo y el dónde), ni tampoco el método a emplear.

 

  • Crisis suicida: implica un paso adelante en la consumación del acto suicida. La idea suicida ya ha tomado cuerpo, y se contempla la muerte como una "salida posible" a la situación conflictiva. Es un estado psíquico en el que predominan y se activan los impulsos de muer­te. En la crisis suicida la persona comienza a dar respuestas a estas tres preguntas: ¿cómo me voy a suicidar?, ¿dónde me voy a suicida?, ¿cuándo me voy a suicidar? Cuanto más concretas sean las respuestas a esas preguntas existirá mayor riesgo suicida. El plan suicida es factible.

 

  • Gesto suicida o parasuicidio: es el conjunto de conductas donde el sujeto de forma voluntaria e intencional se produce daño físico, cuya consecuencia es el dolor, desfiguración o lesión de alguna función y/o parte de su cuerpo, sin la intención aparente de matarse. Incluimos en esta definición las autolaceraciones (como cortes en las muñecas), los autoenvenenamientos (o sobredosis medicamentosas) y las autoquemaduras. La finalidad, pues, no es la muerte, sino conseguir algo a cambio: más cariño, un empleo o que no se rompa la pareja etc. Entre los factores de riesgo de este tipo de conductas podemos señalar las siguientes: frecuencia de problemas familiares, personales o laborales de varios meses de presentación y que el sujeto no sabe manejar de forma sana; ausencia de vínculos adecuados y conflictos infantiles (malos tratos, suicidios de familiares, etc.) que no se han podido elaborar. El intervalo de edad es entre 20-30 años y con mayor incidencia en las mujeres (2 a 1).

 

  • Tentativa de suicidio o intento autolítico: es toda conducta que busca la propia muerte, pero no se emplean los medios adecuados. Es un comportamiento que puede fallar por múltiples causas: por no tener una firme decisión de hacerlo, por los instrumentos blandos empleados, por el desconocimiento de la ineficacia de los medios, etc. Existe, pues, el “propósito de muerte” pero el “criterio autoinfligido” no es el correcto.

 

  • Suicidio frustrado: es un tipo de tentativa de suicidio en el cual dada la seriedad de la intención y la eficacia de los medios empleados no se ha logrado la muerte por fallar en su ejecución o por un imprevisto. Por ejemplo: precipitarse desde un décimo piso y que un toldo amortigüe la caída y no se produzca la muerte.

 

  • Suicidio consumado: la autodestrucción ha llegado hasta la muerte del sujeto.

 

            Y, por último, la cara existencial, que parte de la vivencia de vida, hasta la voluntad de matarse. Como he dicho en otro lugar (Rocamora, 2017)[3] “desgranando ese proceso podemos  afirmar que en un extremo, de los que miran a la vida, se sitúa el amplio espectro de personas que expresan un primer malestar general (negación de la vida) y descalificación de sí mismo (autodesprecio) que conduce al deseo de no-vivir. A partir de ese momento se produce un giro hacia la muerte: deseo de morir èvoluntad de matarse è suicidio. A medida que nos aproximamos al extremo de la muerte, la vivencia suicida es más firme y el riesgo de autodestrucción más alto”.

            Estas tres caras de la conducta suicida (emocional, conductual y existencial) habrá que tenerlas presente en toda acción de ayuda hacia la persona que refiere una vivencia suicida, y de esta forma nos posibilitará evitar su muerte.

 

 

[1] Pöldinger, W. (1969). La tendencia al suicidio. Barcelona: ed. Morata.

 

[2] Rocamora, A. (2012). Intervención en crisis en las conductas suicidas. Bilbao: Desclée De Brouwer, p. 61

[3] Rocamora, A. (20017). Cuando nada tiene sentido. Reflexiones sobre el suicidio desde la logoterapia. Bilbao: Desclée De Brouwer, p. 92