LOS PROCESOS DE LA CONDUCTA SUICIDA

Alejandro Rocamora

La palabra proceso tiene diferentes significados según el contexto donde se aplique. Así, en informática son las operaciones lógicas realizadas por el ordenador para obtener un buen resultado; en el campo empresarial son las actividades  que se realizan para conseguir un producto (proceso productivo); en el campo jurídico hace referencia a la actuación realizada por algún tribunal; en química, es el conjunto de operaciones que ocurre en una reacción química, que transforma un producto inicial en otro distinto; en psicología, los procesos psicológicos, son todas aquellas fases mentales que permiten a la persona tomar conciencia de sí misma y de su entorno; en medicina, el proceso se entiende como las fases por las que pasa una enfermedad. Aquí lo aplicaremos en este último sentido.

Al acercarnos a la vivencia suicida, y mas concretamente a la persona que se quiere suicidar o a los familiares supervivientes, pueden surgir diferentes preguntas: ¿qué mecanismos psicológicos se ponen en marcha para determinar la autodestrucción? ¿cómo es posible que una “persona corriente” decida suicidarse? ¿cuáles son los mecanismos que llevan a una persona que padece una enfermedad mental a realizar un acto suicida? ¿qué ocurre en el contexto familiar cuando uno de sus miembros se suicida?

El proceso de la conducta suicida comienza con la ideación suicida de un sujeto y no termina hasta que los familiares de esa persona elaboran la experiencia traumática. Es un círculo que tiene un inicio pero que nunca se cierra completamente pues la “sombra” de la pérdida está siempre presente entre los amigos y familiares. El fallecido de alguna manera está presente en el inconsciente familiar.

Dentro de este gran proceso de la conducta suicida podemos distinguir varios subprocesos: 1) proceso del suicidio en personas sin ninguna patología psiquiátrica; 2) proceso de suicidio en personas que padecen una patología psiquiátrica identificada y 3) proceso de la vivencia suicida en los supervivientes.

En el primer caso, los procesos sin patología psiquiátrica identificada, lo que predomina es un déficit en el vínculo consigo mismo y/o con el entorno, que favorece la decisión trágica de la muerte. Existe pues una vulnerabilidad psicosocial, que se manifiesta con tres rasgos principales: baja autoestima, desesperanza y escasas habilidades para resolver los problemas de la vida cotidiana. En estas ocasiones no tienen mucha importancia ni la vulnerabilidad genética (predisposición para las grandes patologías psiquiátricas: trastornos, afectivos, psicosis, etc.), ni los estresores o factor desencadenante. De hecho, en muchas ocasiones, no existe un estresor identificado, pues el proceso ha sido insidioso, sin muestra de ninguna sintomatología de angustia.

En el segundo caso, que según la OMS[1] supone un 90% de los suicidios consumados, la conducta suicida es una respuesta a una de las graves patologías psiquiátricas: trastornos afectivos, trastornos psicóticos, trastornos de personalidad y la dependencia a tóxicos, principalmente. Aquí lo que prima es la patología psiquiátrica y su vulnerabilidad genética, y sobre todo la clínica psiquiátrica que padece la persona. Además, el proceso es diferente en cada una de las enfermedades mentales, y posiblemente en estos casos los “estresores” tienen un peso específico. Pero el final del proceso es el mismo: desesperación y desesperanza

Y, por último, el proceso del superviviente va desde la negación de la muerte, pasando por la posición paranoide y depresiva (expresada fundamentalmente a través de la culpa), hasta culminar con el perdón hacia el fallecido y hacia uno mismo. Es un largo recorrido con una impronta muy personalizada, que deja huella en todos los miembros de la familia.

Alejandro Rocamora Bonilla

 

[1] OMS, (2000a), Prevención del suicidio. Un instrumento para médicos generalistas. Departamento de Salud Mental y Toxicomanías. Organización Mundial de la Salud. Ginebra. 2000 http://www.who.int/mental_health/media/general_physicians_spanish.pdf