LOS SUICIDIOS: MÁS ALLÁ DEL DIAGNÓSTICO Y TRATAMIENTO PSIQUIÁTRICO

Alejandro (artículo enero 2021)

 

LOS SUICIDIOS: MÁS ALLÁ DEL DIAGNÓSTICO Y TRATAMIENTO PSIQUIÁTRICO

Alejandro Rocamora Bonilla

 

            Cada persona es única e irrepetible como la huella que llevamos en nuestro carnet de identidad. Cada uno se enamora a su manera, sufre a su manera o muere a su manera. Y también, cómo no, cada uno resuelve sus conflictos a su manera o se plantea su existencia a su manera…incluso su forma de vivir y de morir. Por esto, el suicidio siempre tiene un sello personal e intransferible, por lo que no sirven generalizaciones a la hora de las intervenciones terapéutica, y mucho menos cuando se quiere dar una explicación causal única de ese comportamiento.

Así, pues, toda conducta suicida, aunque es personal e intransferible, no es constitutiva del ser viviente, y por esto aquí hablaremos de la persona que se ha suicidado, y no del suicida. Nadie es un suicida, sino una persona que ha tenido ideas de muerte, ha hecho un acto contra su vida o se ha suicidado. Y, además, no existe el suicidio, sino los suicidios. Esto último se puede defender pues no existen dos suicidios iguales, ni mucho menos se vive de la misma manera la “situación” que ha llevado a la muerte.

Complejidad de la vivencia suicida

            De forma didáctica podemos señalar que la vivencia suicida tiene tres caras:  la existencial-social, la emocional y la conductual.

           La primera hace referencia al momento en que se encuentra la persona respecto a su deseo de vivir o de morir. No es lo mismo que manifieste su autodesprecio por la vida a plantear su voluntad de matarse. El gradiente de gravedad es mayor cuanto con más intensidad se vive el deseo de morir. Además, habrá que tener en cuenta el contexto (familiar, social, etc.) dada la dimensión vincular de la vivencia suicida.

            La segunda se refiere al torbellino de sentimientos que puede impregnar a todo deseo de muerte: vacío existencial, angustia, culpa, impulsividad, etc. Que pueden llevar a la desesperación y por último a la desesperanza, antesala del suicidio. En la intervención terapéutica habrá que identificar que sentimiento predomina y trabajar su elaboración.

            Y, por último, la dimensión conductual es la cara más visible de la conducta suicida, que se puede manifestar como ideación suicida, plan suicida, gesto suicida, intento autolítico, suicidio frustrado y suicidio consumado. Sin olvidar las anteriores dimensiones, habría que identificar en qué momento se encuentra la persona y aplicar las técnicas más adecuadas para neutralizarla. Es aquí donde el modelo médico pone su interés.

Dos modelos

El modelo médico da una respuesta desde la psicopatología. Nos dice: entre un 9-15% de las personas que padecen un trastorno afectivo mueren por suicidio. Es decir, que entre un 85%-91% siguen viviendo. Algo parecido ocurre con las personas que padecen una esquizofrenia, pues alrededor del 10% mueren por suicidio, lo que supone que el 90% de estas personas mueren por otras causas. Algo parecido ocurre con las personas diagnosticadas de un trastorno de personalidad límite.

            Por su parte la OMS (2000)[1] da una respuesta simple y reduccionista: se estima que el 90% de las personas que realizan un suicidio tenían un diagnóstico psiquiátrico o a posteriori se pudo llegar a esa conclusión. Y esto se repite como un mantra en todas las publicaciones y eventos psicológicos y psiquiátricos que traten del suicidio. Aunque esto fuera cierto, hay que señalar que el abanico de enfermedades mentales es muy amplio. Abarca desde los trastornos adaptativos a las graves psicosis, pasando por los trastornos afectivos y los trastornos de personalidad. Evidentemente entre los extremos (trastorno adaptativo y psicosis) hay una gran diferencia en cuanto a la gravedad y la capacidad de manejo por el sujeto.

En el modelo médico, en el que actualmente se sustenta, en gran parte, la intervención psicológica y psiquiátrica a las personas que desean suicidarse, fundamentalmente se atiende el síntoma (ideas suicidas, plan suicida, cuadro psicopatológico, etc.) y se “olvida” la dimensión situacional del sujeto: ¿qué ocurre en su vida? ¿cómo vive la adversidad? ¿cómo vive su enfermedad mental? ¿qué recursos personales psicológicos, familiares, sociales e institucionales tiene para afrontar esta situación? Son algunas de las cuestiones que el terapeuta debería tener en cuenta para una intervención integral de la conducta suicida y no solo preocuparse por neutralizar las ideas suicidas. De esta forma el tratamiento no sería solo farmacológico (a veces imprescindible, pero no suficiente) sino psicoterapéutico.

            ¿Realmente existe una relación directa entre el acto suicida y la psicopatología del sujeto? Posiblemente en algunos casos sí: el acto suicida puede ser una consecuencia de un delirio o de una vivencia culposa extrema, etc. Pero en la mayoría de las circunstancias la persona que se suicida lo hace en un momento en que no está delirando ni tiene una sintomatología depresiva activa, por poner solo dos ejemplos. Por lo tanto, deberíamos ir a una explicación de la génesis de suicidio más amplia y no tan reduccionista.

El modelo humanista contempla la vivencia suicida no como un síntoma de una enfermedad psiquiátrica sino como un emergente de una situación existencial traumática. Es decir, la persona ante un estresor presente o acumulativo (desamor, paro prolongado, padecimiento de una enfermedad psiquiátrica, diagnóstico mortal, suicidio de un ser querido, etc.) se siente incapaz para seguir viviendo y toma la decisión de morir. Es, pues, la actitud del sujeto ante la adversidad lo que le conduce al suicidio. Aquí cobra gran importancia el contexto familiar y social ya que puede ser un muro de contención ante la ideación suicida. Aunque es evidente que el sujeto siempre es libre para tomar la decisión de vivir o de morir.

Y surge la pregunta: ¿la persona se suicida por padecer una enfermedad mental (como dice la OMS) o por padecer una desesperanza al no saber responder a esa enfermedad psicótica o bipolar? Si respondemos afirmativamente a la primera opción (como dice la OMS) prácticamente solo se suicidan los enfermos mentales, y yo que no tengo una patología psiquiátrica no me suicidaré. Es una manera, pues, de tranquilizarnos al poner el acento en la psicopatología.

En la segunda opción, la actitudinal ante la situación adversa, se da más protagonismo al individuo y por lo tanto hay que tratar no solamente los síntomas (ej. ideas suicidas) sino a la persona en su totalidad. Es decir, no solamente habrá que poner un tratamiento farmacológico o realizar un ingreso hospitalario, si lo precisa, sino que teniendo en cuenta su cara existencial-situacional y emocional, realizar un tratamiento psicoterapéutico. Todo esto presupone acercarse a la persona de forma integral y contemplar a la conducta suicida más allá del diagnóstico y tratamiento psiquiátrico.

 

[1] OMS, (2000), Prevención del suicidio. Un instrumento para médicos generalistas. Departamento de Salud Mental y Toxicomanías. Organización Mundial de la Salud. Ginebra. 2000 ttp://www.who.int/mental_health/media/general_physicians_spanish.pdf.