LUCES Y SOMBRAS EN LA INTERVENCIÓN DE LA CONDUCTA SUICIDA

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LUCES Y SOMBRAS EN LA INTERVENCIÓN DE LA CONDUCTA SUICIDA

Alejandro Rocamora Bonilla

           

Imaginemos por un momento que soy un profesor, padre/madre, o amigo/a de una persona que comunica su deseo de suicidarse. ¿Qué puedo hacer? ¿Cómo puedo ayudar? Es una situación que nos puede desbordar y realizar acciones que no son adecuadas. Incluso cuando un terapeuta (psicólogo o psiquiatra) se encuentra con una persona que verbaliza ideas suicidas, y no digamos si refiere un plan suicida, puede entrar en pánico, si desconoce la forma de proceder en dicha problemática. Podríamos afirmar que es la “escena temida” de cualquier ayudador.

            Recordemos que, en ese encuentro, que es una relación asimétrica entre dos personas, una (usuario, paciente, cliente, ayudado) se encuentra en “la lógica de la muerte”, y otra (psicólogo, psiquiatra, ayudador) se encuentra en la “lógica de la vida”. ¿Cómo hacer pasar de la “lógica de la muerte” a la “lógica de la vida”?

Veamos las sombras (lo que no hay que hacer) y luces (lo que hay que hacer) en ese supuesto.   

Sombras

                        Ante la alternativa del suicidio del consultante, el ayudador puede tomar diversas actitudes defensivas:

  • “Pasar de largo “: con relativa frecuencia se pude producir, en el ayudador, una gran angustia ante la presencia de la idea de muerte y puede optar por "salir corriendo", derivando el discurso terapéutico a temas menos comprometidos. Por ejemplo: ante la explicitación de la idea suicida se puede iniciar la investigación de sus aspectos biográficos, y preguntar: ¿Cuántos hermanos tiene Vd.? Con ello pretende mitigar su angustia, no la del consultante.

 

  • Racionalización: otra actitud ante el anuncio del suicidio es buscar razones para convencer de su equivocación ante su deseo de muerte. Se produce un gran desfase, ya que el consultante comunica una vivencia (su deseo de morir) y se le quiere convencer con argumentos. Pero esta posición, no solamente no sirve para desmontar la vivencia suicida, sino que muchas veces la refuerza aún más. Se produce, así, un efecto paradójico: lo que queremos evitar (el suicidio) es lo que podemos posibilitar.

No obstante, en situaciones de alto riego suicida inminente, como es el caso de la atención en emergencias (“suicidio en curso”) es adecuado utilizar la persuasión, dando razones para existir, como nos dice Bermejo y Belda (2023)[1]:Sólo cuando está en peligro la salud o la vida, sólo entonces es posible admitir la persuasión en el counselling”. Lo importante en estas situaciones es contener el impulso suicida y poner distancia con la voluntad de matarse, después ya habrá tiempo para elaborar su deseo de morir.

  • Angustiarse con el consultante: se produce cuando el ayudador no sabe mantener una distancia terapéutica, que le permita vibrar con la persona que refiere ideas suicidas, pero sin fusionarse con ella. Esta "disociación terapéutica" es la que posibilita tener una perspectiva, que favorezca una visión clara de la conducta suicida. El ayudador no puede entrar en una relación simbiótica con el consultante y dejarse invadir plenamente por la angustia del fenómeno suicida. El buen ayudador es aquel que es capaz de conectar con el cliente, pero al mismo tiempo mantiene una distancia saludable.

 

  • Omnipotencia: es quizás uno de los "pecados" más frecuente del ayudador, sobre todo al inicio de su labor. Es evidente que no tiene funciones de “salvador”, sino de acompañante en situaciones muy conflictivas. Puede señalar metas, pero no recorrer el camino por el cliente. Es como un gran mapa de carreteras: nos indica donde están las ciudades, pero la forma de acceso la tenemos que elegir nosotros. Así, el ayudador puede indicar la meta, pero el llegar a ella es competencia del ayudado.

Luces

            En el complejo proceso de ayudar a una persona con vivencia suicida estos son los aspectos que habría que tener en cuenta:

  • Acogida: habrá que crear un clima de comprensión y tolerancia, que permita llegar a las motivaciones profundas de la ideación suicida. De aquí la importancia de una acogida auténtica, donde no se sanciona, ni se moraliza ni se descalifica, sino que, desde una posición de aceptación incondicional, se asume, aunque no se comparta, la propia idea de muerte.

 

  • Investigar no el porqué sino el para qué: razones para vivir, no para morir: mas que investigar las razones para morir (el por qué) nos preocuparemos por las razones para vivir (el para qué). Imaginemos que nos dicen que desea morir para “dejar de sufrir”, “para superar la soledad”, “para dejar de hacer sufrir a sus familiares”, “para superar el sentimiento de culpa”, y un largo etcétera. El ayudador deberá explorar los lazos que le une a la vida y no las razones para morir.

Generalmente el porqué aporta poco a la solución del problema, entre otras razones porque la vivencia suicida es multicausal y por lo tanto no refleja la magnitud del problema del suicidio, y, por otra parte, el para qué de alguna manera puede visibilizar la solución, ya que pone de manifiesto la necesidad profunda del consultante y su posible salida del conflicto.

 

  • Alianza con su sufrimiento: a este efecto recuerdo la respuesta de una madre ante su hijo adolescente con ideas suicidas: “no te quiero menos porque tengas ideas suicidas, sino que te quiero más porque has tenido la valentía de compartir conmigo esos pensamientos”. Por esto todo ayudador debe reconocer el sufrimiento del ayudado y su angustia ante los pensamientos de muerte. Una forma de manifestar estos sentimientos es decir algo así como: “soy consciente de tu sufrimiento al tener estos pensamientos de muerte y te agradezco que compartas conmigo estos sentimientos”.

 

  • Potenciar el vínculo: el ser humano no es que se caracterice por su necesidad de vínculo, sino es que es un ser vincular. Estructuralmente estamos concebidos como ser vinculares. Si no fuera así, el hombre primitivo no habría sobrevivido (de ahí la importancia del otro para desarrollarse y la necesidad de vivir en grupo), ni tampoco ningún bebé podría crecer en su dimensión biológica, pero tampoco en su dimensión psicológica. Por esto, la importancia del “nosotros” para afrontar cualquier peligro físico o psicológico. En nuestro caso, al poder compartir la angustia del deseo de muerte, esta se diluye como un azucarillo en un vaso de agua. De aquí la importancia que tiene la disponibilidad para atender a estas personas en cualquier momento del día o de la noche. Un de las formas de contener el impulso suicida es poder compartirlo. Es importante, pues, tener un interlocutor que nos pueda acoger en los momentos de la ideación suicida.

 

  • Posibilitar un tratamiento por un profesional de la salud mental: en ocasiones será necesario la intervención de un profesional de la psicología para poder ayudar a la persona que manifiesta una vivencia suicida, por esto, es preciso que hagamos la derivación de forma correcta. Dos formas de hacerlo: una: “tienes que ir al psiquiatra pues estás locos por tener esas ideas de suicidio” y dos: “compruebo que esta situación te ha producido mucho sufrimiento, que incluso has pensado en la muerte como solución, considero que a lo mejor una consulta a un profesional de la psicología te podría ayudar”. Son dos posiciones diferentes: la primera se parte de una posición de descalificación del ayudado (“estás locos”) y la segunda, partiendo del sufrimiento del consultante se le ofrece una alternativa a su sufrimiento. Aquí se busca neutralizar la angustia del consultante, no la del propio ayudador.

Además, el tratamiento puede ser psicológico e incluso en ocasiones será correcto aplicar un tratamiento farmacológico (sobre todo si el consultante padece un grave trastorno mental: depresión mayor, trastorno bipolar o esquizofrenia), pero recordando que el tratamiento farmacológico en ocasiones, puede ser necesario, pero siempre es insuficiente.

Colorario

            La conducta suicida, dada su complejidad y multicausalidad, precisa de un abordaje especializado, y en ocasiones con diversos tratamientos (farmacológico y psicoterapéutico), que contemple a la persona en su totalidad e incluso se incluya en este proceso a la propia familia de la persona que piensa en el suicidio, pero esto es otra historia que trataremos en otra ocasión.

 

[1] Bermejo, J.C. y Belda, R.M. (2023). La persuasión. Las palabras en las relaciones de ayuda.Ed. Salterrae, p. 150