SUICIDIO Y ESPERANZA. ALEJANDRO ROCAMORA

Suicidio y Esperanza. Alejandro Rocamora.

Suicidio y esperanza[1]

Alejandro Rocamora Bonilla

Cuando analizamos la vivencia suicida la gran pregunta que surge es: ¿la persona que se quiere suicida espera? Sí, ¿pero ¿qué espera? En definitiva, otra forma de ser más satisfactoria y que no le produzca angustia. La persona que se quiere suicidar lo que desea es dejar de sufrir, no morir. Muy acertadamente lo expresa Laín Entralgo (1962)[2]: “el suicida espera en el “ser” y desespera de la “vida”; esperando un posible “ser” inédito y dispensador de reposo, destruye el “vivir” que le amarga y deshace”.

De esta manera se puede cerrar el círculo vicioso: vacío existencial-desesperación-desesperanza-suicidio. Y surge la angustiosa exclamación de la persona que piensa en el suicidio: "dame un sólo motivo y seguiré viviendo". Pero también, otra opción es que ese “circulo de la muerte” se convierta en una “espiral de la vida”, que finalice no en el suicidio, sino en la posibilidad de seguir viviendo, al encontrar sentido a ese vacío existencial.

El proyecto existencial es una pregunta que se contesta con la vida. Pero necesitamos ese proyecto; necesitamos la pregunta para que surja la respuesta. Necesitamos una meta, para comenzar a andar. Sin proyecto caminamos hacia la nada, hacia la muerte.

La persona que piensa en el suicidio carece de objetivo que le lance a la vida. Y no nos referimos a los planes parciales, puntuales, inmediatos (un viaje, aprobar un examen, etc.) sino a ese proyecto que envuelve a toda la persona, que supone un llegar-a-ser en toda su totalidad. No obstante, a veces, esas "pequeñas metas" parciales toman categoría de absolutos y son capaces de neutralizar la idea de autodestrucción.

Ante todo, debemos decir que el vacío existencial, en sentido estricto, no es una enfermedad, ni un cuadro psicopatológico, sino un radical humano; es el sentimiento que surge por la respuesta fallida por el sentido (la cual es un componente esencial de la existencia humana).

Como ya he mencionado en alguna ocasión, siguiendo el pensamiento de la logoterapia podemos señalar en el ser humano tres dimensiones básicas: dimensión biológica, dimensión psicológica, y dimensión espiritual (mundo de los valores).

Desde esta dimensión espiritual de la persona podemos considerar dos problemas básicos: la frustración existencial y las situaciones-límites (Madrid 2005)[3]. La primera está determinada por conductas que se pueden formular de la siguiente manera: “me siento vacío”, “para qué seguir viviendo”, “mi vida no tiene sentido”, etc. Su forma más frecuente de expresarse es a través de la pasividad, el aburrimiento, el estrés, las conductas adictivas o la propia conducta suicida. La situación límite “es una situación dolorosa, intensa e irreversible, que está fuera del control del que la padece, y, por tanto, éste no puede evitar que se produzca”. Entre las más significativas podemos señalar: la muerte, el aislamiento existencial y la falta de sentido vital, que puede aparecer cuando surgen las enfermedades graves, la locura, el suicidio de un familiar, la muerte de un niño, hijos con graves incapacidades o situaciones traumáticas en la infancia, entre otras.

Esperanza

En sentido objetivo, el término "esperanza" indica siempre perspectivas o posibilidades favorables. Así, el parado espera un trabajo, el enfermo espera la salud, los padres de familia esperan llegar a fin de mes. Hasta la acción más trivial de la vida cotidiana está impregnada de este sentimiento: el viajero espera llegar a su destino, el profesional espera desarrollar bien su trabajo, por ejemplo.

Esperar significa considerar que tal situación es pasajera, mejorable o transformadora, a través de una actitud optimista y luchadora, y creyendo en nuestros propios recursos. Esperar, en definitiva, implica creer en el futuro como algo más sano y positivo. Así, pues, esperar, es como un proceso de liberación de pasar del "menos" al "más", del sufrimiento a la felicidad. Pero estas fuerzas están en nosotros mismos. Hace falta descubrirlas para no caer en la desesperanza. Pues, la esperanza es una espera activa que dinamiza a la persona.

Siguiendo a Fromm (1970)[4] podemos afirmar que “la esperanza es un estado en forma de ser”. Así, pues, el ser humano no es que tenga esperanza, es esperanza. Por esto Laín Entralgo (1962)[5] afirma: “la esperanza es un hábito de la segunda naturaleza del hombre, por obra del cual éste confía de forma más o menos firme en la realización de las posibilidades de ser que pide y brinda su espera vital”. Pero eso sí, nunca es total y absoluta y por lo tanto no existe seguridad de lograr lo que se espera. Es por esto que las dimensiones constitutivas de este hábito, son: la confianza y el proyecto. El hombre esperanzado de alguna manera siempre cree en la viabilidad de lo esperado.

Este mismo autor (Laín Entralgo, 1993)[6] en otro lugar afirma que el hombre esperanzado se manifiesta en tres dimensiones: esperando por seguir viviendo, seguir siendo el mismo y ser más cada día. Para todo ser humano, excepto para la persona que decide suicidarse, el seguir siendo es un bien. Incluso en las situaciones límites (campos de concentración, fase terminal de un cáncer, etc.) el sujeto puede encontrar un sentido a su vida, que le facilite el seguir viviendo.

También es el deseo de seguir siendo uno mismo, sin ruptura del yo o división, como ocurre en las psicosis, es otra de las “esperanzas” fundamentales de todo ser humano. Y por último, una espera genuina es “ser más”. Es decir, todo ser humano aspira “a ser más uno mismo, ser más hombre y ser sin límites”  (Laín Entralgo, 1993).[7] Esto se consigue a través de los proyectos.

Así, pues, el hombre no puede no esperar, pues esto forma parte de su constitución, pero si podemos desarrollarla o perderla. Nunca será una pérdida total y absoluta, como nunca conseguiremos un nivel de esperanza máximo. Lo cierto es que el ser humano espera con esperanza o desesperanza.

¿Cómo se adquiere la esperanza?

Laín Entralgo (1962)[8] señala tres caminos: la voluntad de entrega, la voluntad de creación y la disposición al sacrificio. La esperanza es como una semilla que tenemos que cuidar y cultivar, partiendo del propio temperamento del individuo, que facilitará una actitud confiada en la propia existencia. El primer camino se concreta en el compromiso con lo que se hace; el segundo, se manifiesta por el cumplimiento de la vocación personal y, por último, a través del esfuerzo y sacrificio. Y concluye Laín Entralgo (1962)[9]: “Hácese esperanza la espera cuando, por contraste, el alma sabe llegar al fondo de sí misma a través de todo lo que el cuerpo y el mundo han puesto en ella, y en el seno de la desolación histórica, de la enfermedad o de la angustia descubre que la realidad, más allá del tiempo y de la muerte, mana de un fondo creador, gratuito y obsecuente”.

La esperanza brota de nuestra toma de conciencia de que somos seres limitados y contingentes. Por esto, podríamos afirmar, que hasta que no se produce un cierto nivel de desesperanza no surge la esperanza. Y Gabriel Marcel (2005)[10] concluye “solo puede haber, propiamente hablando, esperanza donde interviene la tentación de desesperar, la esperanza es el acto por el cual esta tentación es activa o victoriosamente superada, sin que quizá esta victoria vaya acompañada necesariamente de un sentimiento de esfuerzo: incluso yo llegaría a afirmar que este sentimiento no es compatible con la esperanza pura”.

Además Gabriel Marcel (2005)[11] parte del principio que la espera siempre es relacional, no es egoísta, y se proyecta sobre los demás, por esto afirma “yo espero en ti para nosotros”. Enigmático pensamiento que sugiere lo que Lain Entralgo (1962)[12] llamó co-esperanza. La esperanza nos dice este autor es co-esperanza en doble y profundo sentido: desde el punto de vista de lo esperado, porque el bien que constituye el objeto de la esperanza genuina es, como sabemos, un bien compartido; y desde el punto de vista de quien espera, porque su existencia es en todo momento coexistencia. Ni el objeto ni el sujeto de la esperanza humana podrían ser distintos. Y concluye Lain-Entralgo (1962) “existiendo, coexisto con todos los hombres; esperando, coespero con todos los hombres. Mi esperanza me hace amar a los hombres, porque esperamos juntos, y mi amor a los hombres me mueve a esperar con ellos y para ellos”.

 

Podemos afirmar que la esperanza es el ancla que la persona necesita para posibilitar su curación. La esperanza real y objetiva, no falsa, es la que puede ayudar a la sanación. Aún más, “el tener  esperanza” no solo en la curación sino en el beneficio que conlleva la curación para la familia, puede ser un trampolín hacia la sanación (Bermejo, JC.)[13]

En este estadio el sujeto tiene dos caminos: o encuentra el sentido en la muerte o encuentra el sentido en la vida. La primera opción desemboca en el suicidio y en la segunda, la persona desde su desesperanza es capaz de agarrarse a la vida y encontrar sentido a su existencia.

 

logos de aipis

 

 

[1] Rocamora, A. (2018). Cuando nada tiene sentido. Reflexiones sobre el suicidio desde la logoterapia. Bilbao: Desclee de Bouwer, p. 101-104

[2] Laín Entralgo, P. (1962). La espera y la esperanza. Madrid: Revista de Occidente, p. 562

 

[3] Madrid, J. (2005). Los procesos de la relación de ayuda. Bilbao: Desclée De Brouwer. p. 64

 

[4]Fromm, E. (1970). La revolución de la esperanza. México: Fondo de Cultura Económica. p. 23

[5] Laín Entralgo, P. (1962). op. ct., p. 572

[6]Laín Entralgo, P. (1993). Creer, esperar, amar. Valencia: Círculo de Lectores.

 p.177

[7] Íbidem, p.178

[8] Laín Entralgo, P.(1962). op. ct. p.182

[9] Laín Entralgo, P. (1962). op. ct., p. 592

[10] Marcel, G. (2005). Homo viator. Salamanca: Ed. Sígueme, p. 48

[11] Íbidem, p. 72

[12] Laín Entralgo, P. (1962). op. ct., p.590

[13] Bermejo, JC. La espera y la esperanza, y el valor sanante de la esperanza - http://www.josecarlosbermejo.es/articulos/la-espera-y-la-esperanza-y-el…,