SUICIDIO(S)

Suicidio(s) Alejandro Rocamora.

Suicidio(s)

Alejandro Rocamora Bonilla

Sería conveniente no hablar del suicidio sino de los suicidios porque esta vivencia es poliédrica con muchas aristas y es como una piedra lanzada a un estanque, que produce diferentes olas, de intensidad y frecuencia, junto a los más allegados. Por esto decimos que es una conducta multidimensional y compleja. Es decir, es la confluencia de diversos factores (biográficos, capacidad de afrontamiento, estresores, etc.) lo que le lleva a la persona a pensar en el suicidio y también su realización va a depender de cómo se encuentre en su contexto (medio familiar, social, laboral, etc.).. No solamente Los suicidios, pues, no tiene una etiología común y por esto es preciso realizar una intervención personalizada psicofarmacológica sino sobre todo psicoterapéutica.

            La complejidad se muestra porque, no siempre, la persona que desea morir expresa una lógica racional (causa-efecto), sino que, en ocasiones, puede ocurrir que una “vivencia cotidiana”, en una persona con una “lógica suicida”, puede desencadenar una conducta de muerte.  De forma inesperada y sin antecedentes se puede producir la muerte por suicidio en una persona “aparentemente” sin ningún problema psicológico. Por esto, los familiares son los primeros sorprendidos ante esa muerte. Lo cierto es que, un conjunto de factores (vivenciales, psicológicos, sociales, religiosos, etc.) son los que confluyen para que el sujeto tome su decisión de morir. En definitiva, es la “situación” la que lleva a sentirse como una carga, no encontrar el sentido a su vida o el sentirse atrapado por la culpa, por poner solamente tres ejemplos, lo que puede llevar a la desesperanza y seguidamente al suicidio.

Tres historias de vida

            Antonio tenía 35 años. Soltero. Hacía 15 años que le diagnosticaron de esquizofrenia. Tuvo tres ingresos psiquiátricos. Su primer brote rompió su biografía que hasta la fecha había sido brillante. Desde entonces se sentía como una carga para su familia, pues no podía trabajar, ni estudiar, y, además, su novia le dejó tras el primer ingreso. Estuvo en tratamiento psiquiátrico y acudía a un Centro de Día. Un día se levantó, ordenó su habitación, dio un beso a su madre y se dirigió al Centro de Día…pero en su lugar fue al metro y se lanzó a las vías. Murió en el acto.

            Juana tenía 55 años. Casada y con dos hijos mayores. Estuvo toda su vida cuidando de sus hijos, de su marido y de su casa. Desde hacía unos años se sentía como perdida. Decía con frecuencia: “No sé hacer nada fuera de las tareas de la casa; me cuesta relacionarme y me siento vacía y sinsentido”. Acudió al Médico de Atención Primaria, que le recetó un antidepresivo. Después de varios años y al comprobar que nada cambiaba, un día se tomó todas las pastillas del tratamiento. Falleció en la UCI del hospital.

            Josefa era una madre de 40 años cuando su hijo Jorge murió tras un accidente de autobús cuando iba de excursión con el colegio. Durante varios años se estuvo recriminando que hubiera dejado a su hijo ir a aquel viaje. Repetía constantemente: “Si no hubiera dejado a Jorge ir a aquella excursión no hubiera muerto”. Estuvo en tratamiento psiquiátrico y psicológico hasta que un día se tomó en una sola vez todo el tratamiento para la depresión y falleció.

            Tres historias de vida y tres situaciones distintas: el sentirse como una carga, el no encontrar sentido a su vida o la culpa, es la “situación” lo que les llevó a estas personas a tomar una decisión drástica: morir por propia mano.

            Pero estos relatos no dejan de ser una fotografía fija de estas tres situaciones. Pero la realidad era más compleja: cada persona tenía una biografía, una patografía, un contexto (familia, social y laboral) y contaban con sus diferentes capacidades para afrontar su situación crítica.

            Son tres ejemplos, de tres formas diferentes de llegar al suicidio. Cada una de ellas no supieron o no pudieron dar una respuesta sana a su conflicto. En realidad, Antonio no se suicida porque padeciera una esquizofrenia, sino porque fue incapaz de adaptarse a esa nueva realidad de su vida, como Juana y Josefa, que ante la nueva situación se vieron desbordadas y solamente encontraron sosiego en la muerte.

            Lo que nos confirma que no existe en sentido estricto el suicidio (vivencia que unifique a todos los que se hayan suicidado) sino los suicidios, con sus diferentes modos de originarse y con sus diferentes biografías, contextos y forma de afrontar la adversidad.

            Pero, además, existen otras realidades suicidas como los que mueren por motivos religiosos o filosóficos (los kamikazes, los terroristas) o por una decisión consciente y racional de morir ante una situación extrema (el suicidio asistido) o por una idea pseudoreligiosa (los suicidios colectivos en sectas). Cada uno de ellos se producen por diferentes situaciones y su explicación es muy diversa.

            Es necesario, pues, hablar de los suicidios y no del suicidio como algo definido y concreto. Por lo demás, tampoco podemos hablar del suicida como una forma de ser o de estar constituido, sino más bien debemos hablar de la persona que piensa suicidarse, se ha intentado suicidar o se ha suicidado. El suicidio no constituye a la persona, sino que es una vivencia circunstancial y por lo tanto no constitutiva del ser humano.