Tres modelos explicativos de la conducta suicida. Alejandro Rocamora.

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Tres modelos explicativos de la conducta suicida

Alejandro Rocamora Bonilla

 

            Partimos de un aserto: el suicidio es una vivencia compleja, multicausal y multidimensional, y por lo tanto no se puede reducir a una simple relación causa-efecto.

            Desde la complejidad de la conducta suicida se entiende que existen un conjunto de factores y situaciones que son proclives al suicidio, pero también hay que tener en cuenta la respuesta que cada persona da a esa situación. Eso sí, ningún factor es determinante para llegar al suicidio y tampoco en ninguna situación estamos abocados a morir por propia mano. En definitiva, el suicidio es un acto de libertad (“libertad para” que diría V. Frankl) pese a que esté más o menos condicionado por la psicopatología que padezca el sujeto, su biografía o su propia situación existencial.

            Ante este panorama podemos afirmar que existen tres modelos de aproximación a la vivencia suicida: 1) el suicidio es una respuesta a una psicopatología; 2) el suicidio es una respuesta a un contexto y 3) el suicidio es una respuesta a un vacío existencial.

Modelo centrado en la psicopatología

            Se considera a Esquirol (1772-1842) como el iniciador de esta postura, al considerar al suicidio como un síntoma de locura. Incluso en este siglo XXI el suicidio ha pasado de ser un pecado (visión moralista) a ser producto de una enfermedad mental y más concretamente a ser considerado una enfermedad mental contagiosa (Pérez Jiménez, 2011)[1]. Esto último, explicaría de alguna manera, que se considere, de forma equivocada, que no es bueno hablar del suicidio. A este respecto, se recuerda el efecto Wether (contagio de la conducta suicida), olvidando que también existe el efecto Papageno, que nos indica que podemos ayudar a disminuir la tasa de suicidios a través de la comunicación adecuada (permitir la ventilación de sentimientos autoagresivos con una actitud empática) y un Plan Nacional de prevención del suicidio.

            La propia OMS (2000)[2], de alguna manera, defiende este modelo al insistir en que el 90% de los suicidios consumados son realizados por personas que padecen una enfermedad mental.

La OMS (2000)[3] afirma que “el suicidio no es en sí una enfermedad, ni necesariamente la manifestación de una enfermedad, pero los trastornos mentales son un factor muy importante asociado con el suicidio”. En este mismo documento la OMS estima que el riesgo de suicidio en personas con trastorno del humor (principalmente depresión) es 6-15%; con alcoholismo, 7-15%; y con esquizofrenia 4-10%.

De alguna manera, a nivel coloquial se piensa que todo el que se suicida está “loco”, de esta forma me puedo quedar tranquilo ya que como yo no estoy loco no me suicidaré. La realidad es que habría que comenzar por definir qué entendemos por enfermo mental, ya que no es lo mismo padecer un trastorno adaptivo (leve y con escasa influencia en la vida cotidiana) que sufrir una esquizofrenia (grave e incapacitante).

Aun aceptando la estimación de la OMS (un 10% de las personas que se suicidan no tienen una patología psiquiátrica) es preocupante que existan personas que, ante situaciones conflictivas de la vida, su única salida sea la muerte.

            Según este modelo psicopatológico varias son las consecuencias (Bobes y col. 2004)[4]:

  • El suicidio es un problema psicopatológico
  • El objetivo es prevenir la enfermedad
  • Solo se puede intervenir cuando aparece el problema (estilo en espera) no antes (modelo de búsqueda)
  • Las funciones principales de prevención se harán a nivel personal
  • La intervención es curativa
  • El modelo se centra en “personas con alteraciones”.

 

Modelo contextual

          El predecesor de este modelo fue Durkheim (1897)[5] sociólogo francés que en su libro “El suicidio” defiende que el suicidio es un hecho social. El autor plantea para explicar el suicidio dos variables fundamentales: grado de interacción social y grado de reglamentación social, (Gracia, 1994)[6] dando lugar a varios tipos de suicidios: egoísta ( son todos aquellos que no están integrados en ningún grupo social), anómico (es el que se da en sociedades cuyas instituciones y lazos de convivencia se hallan en situación de desintegración o anomia), altruista (es el que se produce la muerte en favor de los otros. Por ejemplo, en los pueblos celtas el anciano que ya no podía contribuir a su sustento se alejaba para morir) y fatalista (las dictaduras y las sociedades esclavistas serían ejemplos de las situaciones en las que se da este suicidio).

     

         Actualmente podemos considerar, según este modelo, que la conducta suicida es una interacción entre el sujeto, su historia personal, y la situación actual: contexto familiar, social, laboral. Por esto, se considera a la vivencia suicida como un fenómeno complejo, multidimensional y multicausal.

 

            Según este modelo son varias las consecuencias respecto a la prevención del suicidio (Bobes y col., 2004)[7] :

 

  • El suicidio es el resultado de una interacción de circunstancias personales y contextuales
  • El problema no es resultado de una consecuencia lineal (causa-efecto) sino compleja: varias causas de diversa entidad y gravedad producen el efecto suicidio
  • Es importante anticiparse al problema
  • Fundamentalmente son factores psicológicos y sociales
  • La prevención puede conseguirse también en contextos distintos a los curativos
  • El modelo se centra en las circunstancias y en la interacción de factores

 

Modelo centrado en el sentido

Para V. Frankl, creador de la Logoterapia, el vacío existencial, que es un sentimiento de falta de sentido de la propia existencia, es el origen de la conducta suicida. Asume que el contexto social, familiar, etc. influye en la persona al hablarnos de las “neurosis sociógenas” y también en algún momento plantea la posibilidad de que la enfermedad mental nos lleve al suicidio, pero sobre todo es el vacío existencial, el que puede producir las neurosis noógenas y/o la triada neurótica de masas, que son la antesala del suicidio.

Vacío existencial

            El origen del vacío existencial se gesta o bien a través de una alteración psicofísica (adversidad) o una situación límite. Y se produce según V. Frankl porque el ser humano carece de instintos (que le dicen qué tiene que hacer), y de tradiciones (que le digan que debe hacer) y por esto se produce una sensación sinsentido que puede llevar al vacío existencial (Frankl, 1980)[8].

            La adversidad, podemos considerarla, como toda situación (física o psicológica) que surge en la vida del sujeto (diagnóstico mortal, paro prolongado, ruptura sentimental, etc.). Y las situaciones límite producen desesperanza pues es una vivencia inevitable e inmanejable: la enfermedad irreversible, la muerte y la culpa.

            El vacío existencial puede dar origen a lo que V. Frankl llama “neurosis noógena” y “triada neurótica de masa”. La primera hace referencia a que una afección psicofísica (enfermedad, problemas laborales, conflictos familiares, sentimiento de minusvalía del sujeto, etc.) oscurecen la dimensión noética del sujeto (carencia de sentido de la vida) que puede llevar al suicidio.

            Por otro lado, la denominada “triada neurótica de masas” (depresión, adicción, agresión) también pueden llevar al suicidio, aunque las necesidades psicológicas, materiales, sociales, etc.  estén cubiertas. A este efecto, V. Frankl (1982)[9] refiere un estudio en una Universidad Americana de 60 estudiantes que habían intentado suicidarse. Un 85% lo hicieron porque “la vida les parecía carente de sentido”, pero lo más sorprendente de ese estudio es que el 93% de esos estudiantes desarrollaban actividades sociales, se desenvolvían bien en sus estudios y mantenían excelentes relaciones con sus familiares.

Conclusión

            Considero que dada la complejidad de la vivencia suicida y la subjetividad con que cada persona vive su deseo de muerte, los tres modelos son posibles y aceptables, aunque para mí la esencia de la vivencia suicida, en cualquier situación, es el vacío existencial o el sinsentido. Lo importante es que no nos quedemos en un modelo único, sino que, partiendo de la complejidad del fenómeno suicida, tengamos una visión abierta y no actuemos en una posición exclusiva de enfermedad mental o contextual. A veces, primará la psicopatología del sujeto y en otras ocasiones será su aspecto psicosocial lo que habrá que atender en primera instancia. Tanto la mirada psicopatológica como la contextual derivan casi siempre a un vacío existencial, que puede conducir a la desesperación y a la desesperanza, como antesala del suicidio. Pero esto, es otra historia que contaré en otra ocasión.

 

 

             

 

 

[1] Pérez Jiménez, JC. (2011). La mirada del suicida. El enigma y el estigma. Madrid: Editores Plaza y Valdés

[2] OMS, (2000), Prevención del suicidio. Un instrumento para médicos generalistas. Departamento de Salud Mental y Toxicomanías. Organización Mundial de la Salud. Ginebra. 2000 http://www.who.int/mental_health/media/general_physicians_spanish.pdf

 

[3] OMS, (2000), Prevención del suicidio. Un instrumento para médicos generalistas. Departamento de Salud Mental y Toxicomanías. Organización Mundial de la Salud. Ginebra. 2000 http://www.who.int/mental_health/media/general_physicians_spanish.pdf

[4] Bobes García, J., Sáiz Martinez, PA., García-Portillo González, MP., Bascarán Fernández, MT. y  Bousoño García, M. (2004). Comportamientos suicidas. Prevención y tratamiento. Barcelona: Ars Médica, p. 337

[5] Durkheim, E. (1897). El suicidio. Madrid: Akal Editores, 1976

[6] Gracia, R, (1994). “Las conductas suicidas o parasuicidas”. En: Seva, A. (ed.) Psicología médica, Zaragoza, pp.319-333.

[7] Bobes y col.(2004). ob. ct. p. 337

[8] Frankl, V. (1980). Ante el vacío existencial. Hacia una humanización de la psicoterapia. Barcelona: Herder 1977, p. 11

[9] Frankl, V. (1982). Psicoterapia y humanismo. ¿Tiene un sentido la vida? Madrid: Fondo de Cultura Económica, p.18