VÍNCULO, ADVERSIDAD Y SUICIDIO. Alejandro Rocamora

Alejandro Rocamora. Vínculo, adversidad y suicidio

Vínculo, adversidad y suicidio

Alejandro Rocamora Bonilla

La vivencia de adversidad (como el suicidio de un familiar) tiene una dimensión vincular. Es un hecho colectivo que se manifiesta de diferentes maneras en cada uno de los miembros del sistema familiar. Es como lanzar una piedra en las aguas tranquilas de un lago, que sus ondas expansivas afectan a toda la superficie. De la misma manera no es que el acontecimiento traumático (en nuestro caso el suicidio de un familiar) afecte a cada individuo de forma diferente, sino que también, afecta al conjunto y totalidad del sistema familiar, como esa piedra lanzada al lago, pero cada sujeto lo vive de forma subjetiva y particular.

Por otra parte, podemos afirmar que la familia no es solamente la fuente de problemas, sino también y, sobre todo, plataforma de recursos para solucionarlos. Es como un catalizador en una reacción química, que puede acelerar o retardar el proceso. Nuestra experiencia cotidiana nos dice que esa onda expansiva, de la vivencia traumática, afecta de forma diferente a cada uno de los miembros del sistema familiar.

Delage (2010)[1] para explicar ese hecho, parte del concepto de intersubjetividad. Designa con este término las relaciones interpersonales conscientes e inconscientes de tonalidad afectiva que se produce entre dos o más personas o entre paciente y psicoterapeuta. Son   interacciones verbales y no verbales. Se produce así un “espacio común” de sentimientos que no es necesario expresar, como ocurre con los enamorados y también con la “experiencia traumática”. Por esto, no se precisa hablar para comprender al otro. Una conclusión importante es que no es necesario tener una buena conciencia de sí mismo para poder comunicarse, sino que gracias a la “conciencia intersubjetiva”, es decir, gracias a los otros, desarrollamos y mantenemos la conciencia de nosotros mismos. (Delage, 2010)[2].

El autor distingue una “intersubjetividad primaria” propia del bebé: este manifiesta sus emociones a través del cuerpo y reconoce sus sentimientos en el espejo de sus padres; y una intersubjetividad secundaria que se produce al finalizar el segundo año de vida: el niño elabora pensamientos y sentimientos propios.

¿Qué ocurre en la situación traumática? La intersubjetividad primaria se refuerza, pero la secundaria se limita. Si existe una víctima (por ejemplo, miembro familiar que ha sufrido abusos sexuales) se produce una comprensión empática; pero cuando todos los miembros de la familia quedan “tocados” (suicidio de un familiar) la comprensión empática entre los miembros del grupo es menor.

Delage (2010)[3]  ante un trauma familiar, concluye:

“En efecto cada individuo está afectado tanto por su propio sufrimiento como por los demás. En tales condiciones, se hace difícil empatizar; o bien, el sufrimiento de los otros nos invade de tal manera que nos cuesta reconocer el propio, o bien, estamos tan ocupados de nuestro propio dolor que tenemos dificultades para reconocer el de los demás”.

De aquí se deduce que, aunque el intercambio de emociones en el trauma (la verbalización de esas emociones) es sano, neutraliza la angustia y cohesiona al grupo, pero puede influir negativamente en el sistema familiar dependiendo del núcleo previo. Así, en familias disfuncionales el acontecimiento traumático se puede utilizar como arma arrojadiza hacia los otros, en forma de reproches o descalificaciones.

Por esto Herman (2004)[4] afirma:

“Los acontecimientos traumáticos ponen en duda las relaciones humanas básicas. Rompen los vínculos de familia, amistad, amor y comunidad. Destrozan la construcción del ser que se forma y apoya en relación con los demás. Debilitan los sistemas de creencias que dan significado a la experiencia humana. Violan la fe de la víctima en un orden natural o divino, y la conducen a un estado de crisis existencial”.

Ante la adversidad una cosa es innegable: el reconocimiento del sufrimiento por los otros (familia, sociedad, etc.) es un buen punto de apoyo para elaborar la pérdida. En este sentido, para el superviviente es preciso que la sociedad (amigos, compañeros, vecinos, etc.) sepan transmitir comprensión y empatía respecto a la pérdida por suicidio.

Es cierto, que la verbalización de las emociones ante una adversidad ayuda a superarla, tiene un efecto catártico, pero realmente lo que sana es el compartir, cuando tenemos un interlocutor válido que nos escucha y acoge. La clave está en el compartir, que incluye la respuesta del otro. Aquí se pone el énfasis, no en el “hablar por hablar” sino en la posibilidad de sentirse acogido y valorado. También el supuesto contrario es cierto: cuando ante la adversidad encontramos un espacio hostil se puede agravar la sintomatología del superviviente, e incluso llevarle a su propia autodestrucción.

En ocasiones, lo que ocurre a la familia, que ha sufrido la pérdida de un ser querido por suicidio, y ante la incomprensión del medio, es que se repliega sobre sí misma como forma defensiva, y el intercambio de sentimientos quedan bloqueados. Están más juntos físicamente, pero más alejados vivencialmente. Delage (2010)[5] refiere tres explicaciones a este hecho: a) el dolor es muy intenso y las palabras no sirven para traducirlo, b) existe una divergencia en los sentimientos (uno puede sentir odio, rencor, etc. y otro, está bloqueado por la vergüenza o la culpa) y por último, 3) la vivencia traumática provoca una desorganización del apego, que impide encontrar la seguridad que todos necesitan y buscan.

Corolario

 

            En definitiva, podemos concluir, que en la adversidad (en el duelo por suicidio de un familiar) una cosa es importante: la respuesta del entorno ante la situación traumática. Por esto podemos completar el pensamiento de Séneca  “no importa qué, sino cómo se sufre”… y podemos añadir,  con quién se sufre.

 

 

 

 

 

[1] Delage, M. (2010). La resiliencia familiar. El nicho familiar y la superación de las heridas. Barcelona: ed. Gedisa´, p.214

[2] Ibidem, p. 218

[3] Ibidem, p. 219.

 

[4] Herman, J. (2004), ob. ct. 91

[5] Delage (2010), ob. ct. p. 42