DESGASTE POR EMPATÍA. CUIDAR AL CUIDADOR. (Alejandro Rocamora)

DESGASTE POR EMPATÍA. CUIDAR AL CUIDADOR. (Alejandro Rocamora, abril 2025)

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DESGASTE POR EMPATÍA

CUIDAR AL CUIDADOR

Alejandro Rocamora Bonilla

(abril 2025)

            Toda persona es capaz de tender la mano al caído. Toda persona, en algún momento, puede servir de punto de apoyo del otro. El padre, la madre, el maestro, el psicólogo, la enfermera o el médico pueden ejercer de agentes de ayuda; de hecho, ya lo hacen en muchas ocasiones

El cuidador y “sus papeles”

            Toda vivencia de ayuda se puede escenificar como si de una obra de teatro se tratara, donde el agente de ayuda pude tomar diversos papeles: así, puede ser espectador del sufrimiento ajeno manteniendo un distanciamiento defensivo, no solamente físico, sino también emocional. Es el caso de todos aquellos que ante cualquier problema lo remiten a otra institución o se ponen como un impermeable para que la angustia no les perturbe. No se contaminan, pero tampoco pueden llegar hasta lo nuclear de la angustia del otro. Posiblemente sean muy buenos técnicos, pero son incapaces de interaccionar con el prójimo sufriente.

            En otras ocasiones el cuidador quiere suplantar al personaje principal (la persona que necesita ayuda). Y como no puede desplazarlo fuera del escenario se fusiona con èl, implicándose tanto en su problemática que no sabe poner límites. Rompe la barrera terapéutica con el riesgo de intercambio de papeles: de ayudador pasa a ser ayudado. Ejemplo típico de esta posición es cuando ante la comunicación de un problema respondemos también con nuestra propia angustia ante ese conflicto u otro parecido: "a Vd. le pasa eso, pero yo también sufro mucho por culpa de mi hijo adolescente y estoy al borde de la separación...".

            La tercera vía, la más sana y adecuada, es la identificación con el personaje, pero guardando las distancias. Algunos autores han llamado a esta actitud "el eros terapéutico": interacciono con el sujeto sufriente (eros), me calzo sus propios zapatos, pero lo hago desde la técnica (actitud terapéutica).

            Estas diferentes posiciones se pueden concretar en las siguientes conductas:

            . evitación: es una actitud defensiva: ojos que no ven corazón que no siente. Por desgracia esta negación también la podemos ejercer ante la crisis de un hijo adolescente o ante el cambio de actitud del cónyuge, etc.

          . juzgar: "es un drogadicto". En las crisis de la vida cotidiana también podemos reaccionar así: ante un fracaso escolar es frecuente decir: "esto te pasa por ser un vago". Nos convertimos en jueces para evitar que el conflicto nos salpique. Pero la sentencia condenatoria o absolutoria no posibilita, al sujeto en crisis, salir de la misma.

            . echar la culpa a otro: "El estado debería solucionar este conflicto". En otro orden de cosas, será el colegio, el médico o el padre o la madre, los que carguen con la responsabilidad de buscar una salida al problema. Aunque esto fuera cierto, eso no nos exime de ofrecer, dentro de nuestras posibilidades, una ayuda.

. sufrir con él:  son las personas que se deprimen, lloran y se angustian ante el sufrimiento ajeno, incluso el contemplado por la televisión. No saben o no pueden poner una distancia entre la angustia del otro y su propia situación existencial.  .

Desgaste por empatía

            No somos omnipotentes, pero sí podemos ofrecer una ayuda real, dentro de nuestras actitudes y aptitudes psicológicas. Ante la persona en situación de sufrimiento inevitable no podemos fantasear con salidas galácticas, sino que tenemos que tener los "pies en la tierra” y posibilitar soluciones viables. No podemos prometer, por ejemplo, la curación de una persona que padece una esquizofrenia en una semana, pues el proceso patológico requiere mucho más tiempo para su recuperación.

            El desgaste por empatía es una patología que está apareciendo en los trabajadores del mundo sanitario y por extensión en todas las profesiones que se dedican al cuidado o ayuda de seres humanos (psicoterapeutas, profesores, etc.). No coincide con el síndrome del “burnout” o “profesional quemado”, pues éste depende fundamentalmente de las condiciones donde se realiza la labor profesional: trabajo mal retribuido, nula valoración por parte de los jefes, dificultad en la comunicación con los compañeros, etc.); por el contrario “el desgaste por empatía”  más bien consiste en el malestar generalizado de este tipo de profesionales (enfermeras, auxiliares, cuidadores, médicos, profesores, orientadores, terapeutas, psicólogos, psiquiatras etc.) que han hecho de su trabajo una “vocación” y que por diversas circunstancias no han sabido “separarse” del objeto de su cuidado : enfermos, ancianos, niños, etc. Aquí el “fallo” no se encuentra en el medio laboral sino en el propio trabajador, es decir, en el tipo de vínculo que ha establecido con la persona que ayuda. En estas circunstancias su entrega y empatía hacia el enfermo les produce sufrimiento y angustia al comprobar sus propias limitaciones y las de la medicina o las de su lugar de trabajo y consiguientemente constatar el deterioro progresivo de su objeto de cuidado o incluso la propia muerte. Es como si fueran invadidos por la angustia y sufrimiento de la persona ayudada, lo que en ocasiones puede ser origen de graves patologías (cuadros depresivos, ansiosos, etc.) y el bloqueo de la propia actividad profesional e incluso el abandono de la misma.

Claves para ayudar al ayudador

Formación

            La formación se inicia con el nacimiento y finaliza con la muerte de cada persona. No es algo que se consigue. Sino que es una realidad que se está conquistando todos los días de nuestra existencia. La formación es como esas grandes olas que vienen y van, con más o menos fuerza, hacia la playa. Siempre están ahí, aunque sean pequeñitas, aunque el mar esté en calma. No existe mar sin olas; no existe vida sin formación; la vida misma constituye un proceso de cambio y de maduración. La vida es formación.

            Pero todo profesional, y paraprofesional  de la ayuda (el voluntario, entre otros), también, necesita  además de una formación teórica, que implica una serie de conocimientos que se consiguen  durante los estudios de enfermería o de medicina o en los cursos de voluntariado y una  formación técnica, que supone las habilidades mínimas para desempeñar su trabajo, pero sobre todo es imprescindible una estabilidad personal, es decir, no podremos ayudar si no tenemos un mínimo de condiciones que nos garanticen  nuestra propia armonía al entrar en contacto con el sufrimiento del otro.

Supervisión

            En el contacto con el sufrimiento no es extraño que surjan angustias o temores e incluso que en alguna ocasión reactualicen viejas heridas. Por ejemplo: la atención a un enfermo de cáncer cuando un familiar haya fallecido por el mismo diagnóstico, o trabajar con niños cuando se haya tenido alguna experiencia muy traumática con los propios hijos, etc. En todas estas situaciones es necesario poder poner en común “estas angustias” para aprender a canalizarlas, o en su caso, tomar las medidas pertinentes. Los grupos de supervisión, pues, cumplen una función fundamental para el sano funcionamiento del ayudador.

La importancia del “nosotros”

El personal que trabaja en las situaciones de extrema carga emocional (cuidados paliativos, oncología, etc.), no está solo; cuanto más cohesionado esté el grupo mayor posibilidad hay que la situación de crisis personal se pueda elaborar mejor. Toda conducta que favorezca la cohesión del grupo y fortalezca los valores de solidaridad y comprensión será una buena fórmula para evitar la crisis.

Saber separarse sin que el dolor resbale

            El contacto diario con el sufrimiento y en muchos casos constatando la propia incapacidad y en ocasiones la falta de conocimientos técnicos puede provocar un distanciamiento de la persona en crisis, en un afán por no sentirse abrumado por la angustia del otro. No podemos ser como las rocas donde el agua resbala, sino más bien como una esponja que chupa el dolor del otro, se deja invadir por él, pero después tiene mecanismos que producen su expulsión.

Cuidar sin fusionarse

            En la relación simbiótica con el consultante lo que se produce es una transgresión de la frontera entre el ayudador y el ayudado. Se rompe así la asimetría que debiera existir en toda relación terapéutica. No somos mejores terapeuta porque lleguemos a intercambiar nuestras angustias personales con los clientes, sino más bien cuando somos capaces de cuidar, pero sin fusionarnos con el otro y su problemática. La verdadera ayuda se establece sobre un “amor terapéutico”, es decir, la afectividad y la técnica, al mismo tiempo son las condiciones básicas