DUELO POR SUICIDIO: LA VERGÜENZA. (Alejandro Rocamora, enero 2025)

Duelo por suicidio: la vergüenza

Duelo por suicidio: la vergüenza

 

Alejandro Rocamora Bonilla

 

Hablamos con facilidad de nuestra tristeza o de nuestra cólera, incluso podemos poner en palabras nuestra envidia o nuestros celos, pero muy pocas personas hablan de su vergüenza. Es como si este sentimiento fuera impropio de un adulto. A veces, podemos reconocer “me siento culpable… por lo que hice o dije”, pero nunca he oído que alguien diga “siento vergüenza por esto o aquello”. (Cyrulnik, 2011)[1]  

El Diccionario de Julio Casares (1997)[2] señala en su primera acepción: Vergüenza: “sentimiento penoso a consecuencia de algún acto que rebaja al hombre ante sus propios ojos o a juicio de los demás, y que suele encender el color del rostro”. Esto último sería la manifestación externa de la vergüenza, aunque no siempre se produce.

Desde el punto de vista evolutivo del niño podemos afirmar que la vergüenza es anterior a la culpa: primero el niño se siente avergonzado (por ejemplo, se tapa la cara) y después se siente culpable (llora, etc.), pues se supone que ha sabido comprender la alteración de la norma.

             Para Cyrulnik (2011)[3] el sentimiento de vergüenza tiene diferentes origenes: puede ser atribuible a una susceptibilidad individual hacia el otro; partir de un concepto descalificador de sí mismo o bien ser un elemento de la moral del individuo. En el fondo la persona avergonzada es porque considera que el otro no la valora, o mejor, la desprecia y descalifica. La mirada descalificadora del otro es la que provoca el sentimiento de vergüenza. Ante este sentimiento la persona se defiende, fundamentanmente, mediante el mecanismo de evitación.

              Lo que es evidente es que sin vergüenza y sin culpabilidad sería imposible la convivencia. Una pizca de vergüenza y una pizca de culpabilidad es necasaria, como la sal para las comidas. La ausencia de ambas o su hipertrofia dificultaria las relaciones. Por esto concluye Cyrulnik ( 2011)[4]:

 Un poco de vergüenza es la prueba de una maduración biológica y de un buen desarrollo de las aptitudes relacionales. Un exceso de vergüenza revela una sensibilidad exagerada cercana al temor, una tendencia a despersonalizarse para dejar sitio al otro. La ausencia de vergüenza demuestra una suspensión del desarrollo y una incapacidad para representarse otros mundos ajenos al yo.                          

            La vergüenza es difícil de definir. Podemos afirmar con Morrison (1997, p.27)[5] que la vergüenza

es un sentimiento de autocastigo que surge cuando estamos convencidos de que hay algo en nosotros que está mal, que es inferior, imperfecto, débil o sucio. La vergüenza es fundamentalmente un sentimiento de aversión hacia nosotros mismos, una visión odiosa de nosotros mismos a través de nuestros propios ojos, aunque esa visión pueda estar determinada por la forma en que damos por hecho o creemos que otras personas nos perciben.

             Como muy bien completa Scheler (1913)[6]

 La vergüenza, ciertamente, no es solo una consecuencia de la conciencia de disvalor. No obstante, en el “avergonzarse por algo” siempre se haya un elemento de disvalor. Esto ocurre también en la vergüenza sexual en tanto que ella es contención y ocultación de lo específicamente animal de nuestra existencia. La vergüenza se desarrolla solo con la conciencia y la conciencia de valor de sí mismo y del individuo como consecuencia de la percepción de la relación de esto con nuestra existencia de especie.

                 Siempre la vergüenza está relacionada con alguna vivencia negativa, pero también nos podemos avergonzar por “algo positivo”: ser más rico, más hermosos o más inteligente, por ejemplo.

                 La vergüenza, pues, se puede producir por un doble camino: es respuesta a un hecho del sujeto o por la falta de haber producido una acción con consecuencia muy negativas, o bien, nos podemos también avergonzar de forma anticipada, ante un hecho que debemos realizar (por ejemplo, hablar en público) (Marina y López, 1999)[7].

                En definitiva, tenemos vergüenza cuando nos sentimos inferiores, hemos fallado en algo o tenemos miedo a fallar o de alguna manera comprendemos que los demás han descubierto nuestra deficiencia

Vergüenza sana y vergüenza tóxica

                Tradicionalmente se ha insistido en los aspectos negativos de la vergüenza, y de su influencia perversa en el crecimiento psicológico del individuo, sin embargo, también podemos señalar algunos aspectos positivos: la vergüenza nos hace ser conscientes de nuestras deficiencias y también de nuestra implicación con los demás y, por lo tanto, construir nuestra vida, no como “castillos en el aire” sino asumiendo nuestras limitaciones y también nuestras posibilidades.

                  Bradshaw (1996)[8] señala que podemos distinguir dos tipos de vergüenza: la vergüenza sana y la vergüenza tóxica.

                   La vergüenza sana está cimentada en el principio de que no lo podemos todo y por lo tanto nos podemos equivocar. Por esto mismo, sería absurdo imaginarse un animal que se avergonzara. Somos humanos y por lo tanto con capacidad de reconocer nuestros límites y nuestros errores. Esta actitud más que dificultar, nos ayuda en nuestro crecimiento personal.

                   Por otra parte, la vergüenza tóxica nos provoca un sentimiento de fracaso y conlleva un gran resentimiento con uno mismo, que nos incapacita para establecer unas buenas relaciones con los demás; es decir, este tipo de vergüenza nos “impulsa a renegar de nosotros mismos y este rechazo requiere un encubrimiento”.

 

Vergüenza y culpa    

        Son como las dos caras de una misma moneda, o más bien, son sentimientos que se entrecruzan convirtiéndose en elementos alternativos, pasando de la vergüenza a la culpa y viceversa, de forma ininterrumpida.

                     De hecho, la distinción entre culpa y vergüenza no está clara en muchos idiomas. Para Marina y López (1999)[9] la diferencia consiste en el juez que evalúa: en la culpa es el propio sujeto y en la vergüenza son los demás. Por lo tanto, la vergüenza es un sentimiento social y la culpa es más personal.

         Monbourquette (1992)[10] (modificado) y Villagrán [11] señalan las principales diferencias entre vergüenza y culpa:

 

 

Vergüenza

 

Culpa

Autodescalificación global: “soy malo”

 

Autodescalificación parcial: “he hecho algo malo”

La persona se siente juzgado por los demás

 

La persona es juez de sus actos

Ansiedad, asco (de sí mismo)

 

Pesadumbre

Aislamiento social

 

Reparar, disculparse

Sentimiento de inferioridad, indefensión, impotencia

Pesar, remordimiento

Reparar la reputación

 

 

Reparar el daño en la relación.

 

 

La vivencia de vergüenza y de culpa no van necesariamente unidas. Es mas, el culpable y el vergonzoso tienen estilos de comportamiento diferentes: mientras que la vergüenza genera un sentimiento de “soy despreciable”, la culpa propicia un sentimiento de pesadumbre y remordimiento que conduce a la reparación y el perdón; además, el vergonzoso evitará las situaciones de malestar, mientras que el culpable intentará reparar el daño.

 

Duelo por suicidio y vergüenza

 

Ante la muerte por suicidio de un ser querido, el superviviente puede sentirse juzgado por los vecinos, amigos y familiares (“es un mal padre o mala madre o mal hijo… cuando ha ocurrido el suicidio”) y puede tender al aislamiento social, con una gran carga de ansiedad. Todo ello está relacionado con el estigma de nuestra cultura ante el suicidio.

Es evidente que las actitudes ante el suicidio han ido cambiando a lo largo de la historia de la humanidad. No obstante, todavía esta conducta lleva impresa la condición de maldita. Se pregunta, el amigo o vecino: ¿qué habrá hecho para que el padre/madre/hijo se haya suicidado?, ¿la locura le llevó al suicidio? Todo estigma (el cáncer, el SIDA, la locura, el suicidio, etc.) supone siempre un atributo que los demás adjudican al estigmatizado. Siempre lleva consigo el rechazo o inhabilitación social. Consecuentemente el estigmatizado (en nuestro caso la familia del suicida) puede tomar una postura defensiva, evitando el contacto social, o bien, pasar a la acción y atacar a su entorno. Lo más frecuente es que se niegue el mismo hecho del suicidio. Es lo que hace el superviviente que ante la pregunta: ¿cómo murió tu padre/madre o hijo? responde ocultando la verdad: “fue un accidente” o “se cayó desde la ventana”.

Mirada terapéutica

            El acompañamiento ante una vivencia de vergüenza tiene que tener en cuenta algunas consideraciones que pueden ayudar en el proceso de sanación:

1) Análisis detallado del acontecimiento vergonzoso: relato detallado del acontecimiento traumático, haciendo hincapié en los sentimientos que provocó esa situación.

2) Necesidad de compartir el sentimiento de vergüenza: es un hecho comprobado que la verbalización del acontecimiento traumático disminuye su intensidad y facilita su valoración en su justa medida. Es importante, pues, poner palabras al suceso por el que me he sentido humillado y comprobar que no estoy solo con mi sufrimiento.  Cyrulnik (2011)[12] dice que de esta manera me puedo sentir “sosegado, porque he compartido mi mundo íntimo, reforzado porque he creado algo con mi herida… me siento menos expulsado de la humanidad”. De esta manera, puedo modificar la imagen de mí mismo a través de una “reestructuración cognitiva”. Es necesario, pues, encontrar a alguien (padres, amigo, profesor, etc. tutor de resiliencia) que nos facilite iniciar el camino hacia la sanación.

3) Mirarte desde fuera: un buen ejercicio es intentar contemplarte desde fuera como si el mundo que te rodea fuera un gigantesco espejo y analizar la imagen que proyectas. En todo caso debemos partir de la idea que la vergüenza en sí misma no es tóxica ni sana, dependerá de cómo se utilice.

4) Reflexionar sobre nuestros valores: así, si te avergüenzas de tu cuerpo, ¿no será que enfatizas demasiado el tener una gran figura?; o si te avergüenzas de tus orígenes humildes, ¿no será que das mucha importancia a la condición de tus padres?; y si te avergüenza de la muerte por suicidio de un familiar, ¿no será que vives la muerte por suicidio del familiar como algo que se podría haber evitado o como un “borrón” en tu vida que contamina toda su existencia?

 

 

 

 

[1] Cyrulnik, B. (2011). Morirse de vergüenza. El miedo a la mirada del otro. Debate, p. 27.

[2] Diccionario de Julio Casares (1997).Diccionario ideológico de la lengua española: desde la idea a la palabra, desde la palabra a la idea. Gustavo Geli. 2ª ed.

[3] Cyrulnik, B. (2011). ob. ct. p. 63.

[4] Ïbidem, p. 112.

[5] Morrison, A. P. (1997). La cultura de la vergüenza. Anatomía de un sentimiento ambiguo.Paidós. p. 27.

[6] Scheler, M. (1913). Sobre el pudor y el sentimiento de vergüenza.  Sígueme, 2004. p. 17.

[7] Marina, J.A.y López, M. (1999). Diccionario de los sentimientos. Barcelona: Anagrama, 2000, 3ª ed.

 

[8] Bradshaw, J. (1996). Sanar la vergüenza que nos domina. Obelisco.

 

[9] Marina, J.A.y López, M. (1999). Diccionario de los sentimientos. Anagrama, 2000, 3ª ed.

 

[10] Monbourquette, J. (1992). Cómo perdonar. Perdonar para sanar. Sanar para perdonar. Sal Terrae. p. 81.

 

[11] Villagrán, J. M. Culpa y psicopatología

 http://www.atopos.es/pdf_12/4-16_Culpa%20y%20psicopatologia.pdf

 

[12] Cyrulnik, B. (2011). ob. ct. p. 90.